Malas noticias

Recibir malas noticias desde Cuba es algo con lo que muchos de los que me leen han tenido que aprender a vivir. El salto en el estómago con una llamada o con una carta con matasellos de la isla es una constante para los que vivimos fuera. Hace días he estado procesando una terrible noticia que recibí de uno de los pocos amigos que dejé allá.

Es una de esas que no quieres ni escuchar ni leer, pero que es más tangible que mis propias manos conteniendo un grito frente a la pantalla de la computadora mientras leía el email en donde me dejaba saber, a través de una tercera persona, que sus cosas estaban tremendamente mal.

Otra mala noticia, la del accidente del avión que volaba desde Santiago de Cuba hasta la capital, del que no quedó sobreviviente alguno,  me ha sacudido el suelo y me ha hecho darme cuenta de que la vida es apenas un pedacito de tiempo y que nunca sabemos cuándo terminará. No debemos dejar para luego algo tan importante como unas palabras de aliento a un amigo.

Escogí la primera mañana fría de este invierno anticipado que tenemos en Miami y les confieso que estuve cerca de una hora frente a la página en blanco, en medio de una quietud apenas interrumpida por la intermitencia del cursor que me animaba a escribir algo, pero es difícil, chicos.

Es difícil escribir, en algo tan frío como un email, palabras de aliento para un amigo con quien se ha compartido un pedazo de vida y que tenemos la certeza de que no volveremos a ver. Por más emoticons que se inventen, ninguno es capaz de transmitir un abrazo verdadero o una sonrisa cierta. Lo más que podemos hacer es apelar a los recuerdos que tenemos juntos y construirlos de nuevo para que renazcan mientras los lee.

Pensé en hacerle un correo extenso, conversando como si todo estuviera bien. Contarle de mis avances en este país, de cómo van mis cosas pero finalmente me decidí por unos pocos párrafos en los que recordaba lo que creo que es la vida: casi nada y todo también. Mientras aun sientas, respires y sueñes, serás dueño de las más grandes alegrías.

Cuando no quede más tiempo, sería bueno recordar algo alegre, algo feliz que hicimos, pero hasta que llegue ese preciso segundo aún se puede ambicionar el mundo y tenerlo, bien apretadito, en tus manos.