Mi primera prueba suspensa

Así fue. Suspendí mi primer examen teórico para sacar mi licencia de conducción. Ha sido la primera vez que suspendo una prueba, no porque fuera tan inteligente ni superdotado, mi inteligencia es de lo más normal, sino porque me gustaba estudiar, disfrutaba la escuela y leer en los libros dos clases más delante de donde estaban los maestros.

Cada etapa de estudio para mi tuvo su encanto. La primaria, hasta 5to grado, fue la etapa más inocente, creo que a todos nos pasó igual. Por suerte en esa etapa, tan importante para los niños, tuve una maestra con nombre de personaje mágico de cuentos pero escrito con faltas de ortografía: Ada.

Ella aun da clases en la escuela en donde yo estudié. Poco antes de venir nos cruzamos en la calle y la saludé con el mismo respeto y ella con la misma dulzura de hace más de 20 años. Se nos olvidó que ya yo no era un niño y que no había una pizarra detrás. Hablamos como si nos hubiéramos visto el día anterior y ,casi con el olor a tiza en las manos, me abrazó y me aconsejó como siempre hizo.

Mi último año inocente fue 1987. Ese año estaba en mi 5to grado. Ya me sentía grande, había cambiado el color de mi pañoleta y dejé de usar pantalones cortos. Mi uniforme escondió para siempre mis piernas y la vida me escondió para siempre los ojos verdes de mi abuelo. Desde enero de ese año no los tuve más para acompañarme a la escuela o para hacerme adivinanzas al regreso o enseñarme a jugar ajedrez los domingos.

Creo que desde ese año empecé a sentirme un poco solo y aprendí que la vida tiene momentos duros que nos ayudan a crecer. Aprendí a preparar mis libros y a acordonarme mis zapatos (10 años y aún me lo hacía mi abuelo!). Supe también que mi madre y mi abuela podían llorar. Aprendí  un poco más de ajedrez pero solo me sirvió para librarme de las planchas y los abdominales de la Educación Física en la secundaria.

Terminó mi noveno grado justo cuando se decretaba en Cuba el Período Especial. Recuerdo a mi abuela haciendo cola el último día en que darían el pan por la libre, a partir del día siguiente solo tendríamos uno por persona y ella se aseguraba de que tuviéramos por un buen tiempo. Llegó muy tarde en la noche, cargada de pan para nosotros. Aun, en medio de todo eso, me seguía gustando la escuela, era el lugar de encontrarse con amigos y alejarse, un poco, de los problemas.

En las etapas que siguieron después la escuela no marcó mucho. El primer beso, la primera relación sexual, el primer papelito pasado a escondidas de todos, la primera infidelidad (mía y de la otra parte también), los primeros libros regalados, las primeras fiestas fuera de la casa, en fin, nada relacionado con las clases ni los profesores, pero aun así mantuve mi record de no suspender ni una sola de las pruebas que cada vez se ponían más difíciles.

Así llego a este país y, pensando que mantendría aquella marca al estilo beisbolero de  “0 hit, 0 carreras”, me presenté a la prueba teórica para sacar mi licencia de conducir pero violé una de las reglas más importantes antes de tomar cualquier examen: Prepararse bien. Confié en aquel record tonto de hace no sé cuántos años y suspendí.

Muy en el fondo les confieso que me alegro de haberlo suspendido. Eso me enseñó algo que me acompañará en mi nueva vida en los Estados Unidos. No vale todo lo que hayas hecho antes sino eres capaz de mantenerlo. No importa cuánto te hayas esforzado, cuanto hayas luchado si, al final, no llegas al destino que te trazaste. Tienes que volverlo a hacer, empezar de cero y de eso, los cubanos que vivimos fuera de la isla, sabemos bastante.