Mi viernes 13

Terminó mi viernes 13. La tradición enseñada por mis abuelos decía que en viernes 13 ni te cases ni te embarques ni de tu familia te apartes. Es como una especie de conjuro de mala suerte que cae sobre días como éstos. Estoy seguro de que, si buscamos en Google, tendremos mil orígenes del famoso mito y otros tantos desmentidos.

Mi primer viernes 13 en Estados Unidos no ha podido ser mejor. Esta mañana amanecí con la tremenda sorpresa de ver publicado un enlace a mi blog desde uno de los sitios de noticias que con más frecuencia leo en Internet. El periodista Emilio Ichikawa se tomó el tiempo y el trabajo de visitar mi blog y enlazarme desde el suyo con un curioso titular “Un blog le pone lupa gay a Miami”.

Habitualmente se diría ante un gesto como este que no hay palabras para agradecer, pero eso casi nunca es cierto. Siempre hay palabras y no existe una mejor que esta: Gracias Emilio. No solo por haberme enlazado desde su blog sino por haberme mantenido informado de todo lo relacionado con Cuba durante los últimos tres años.

Otra cosa hizo que rompiera el curioso conjuro del viernes 13. Tuve que salir solo, me aparté de mi familia e hice mi primer viaje en el MetroRail de Miami. La sensación es indescriptible. No tanto porque fue mi primera vez en un Metro, sino por el hecho de sentirme desde que llegué a la ciudad, verdaderamente dueño de mis pasos.

Viajé hasta el Downtown y caminé, como nunca antes, las calles a mi ritmo y viendo lo que a mí me llamara la atención. Me dejé deslumbrar por rascacielos y por edificios que intentan pasar por “antiques” pero en realidad son casi tan nuevos como los modernos Mall.

Tiendas, tiendas y más tiendas, restaurantes con casi todas las comidas de nuestros países latinos, decenas de acentos y miles de imágenes, todos en el mismo lugar. Me resultó curioso ver a un ejecutivo de cuello, corbata y portafolios y a un turista chino en shorts y chancletas, los dos sentados en la misma cafetería tomando un jugo.

Si me preguntaran que fue lo que más me asombró del Downtown de Miami les diría que es la pretensión de gran ciudad que tiene. Es como un adolescente sabiondo que cree que tiene en sus manos las respuestas a  todas las preguntas de la vida. Más que sus impresionantes edificios o su gente tan diversa, fue eso lo que llamó mi atención.

Como ven, un viernes 13 como el que he tenido no puede haber sido, para nada, sinónimo de mala estrella. Si esto es lo que presagia mi mala suerte, desde mañana romperé todos los espejos de la casa (según mi abuela son 7 años de mala suerte por cada uno), pasaré por debajo de cada escalera y compraré una manada de gatos negros para que se me crucen cada vez que salga al patio.

La suerte, nuestro destino o como quieran llamarlo está escrito, pero a lápiz. Cada uno de nosotros tenemos la goma para borrarlo y otro lápiz más para reescribirlo todas las veces  hasta que sea exactamente lo que queremos.