Hialeah

Hay algo muy sutil y muy hondo en volverse a mirar el camino andado… El camino en donde, sin dejar huella, se dejó la vida entera.

Dulce María Loynaz

Hoy ha sido un día de recuerdos, aun sin decretar que así lo fuera. Al mediodía salí con mi hermano, fuimos a comprar algunas ropas y fue mi primera visita a la popular ciudad de Hialeah. Desde que llegué a este país no había tenido oportunidad de conocer el lugar. Muchos amigos viven allá pero está lejos de mi casa y no hace camino cuando vamos a otra parte.

Al salir de la tienda mi hermano comenzó el recorrido, a él le gusta hacer de guía turístico por todo Miami. Pude conocer esa ciudad que durante tantos años ha albergado a los cubanos que acabamos de llegar de la isla. Por allá por los años 80 los primeros cubanos emigrados que visitaron la isla, aquellos que llamábamos de “la comunidad”, popularizaron un dicho se convirtió en el slogan de la ciudad: Hialeah, agua, fango y factoría.

Confieso que descubrí la parte “industrial” de la ciudad que progresa. Los almacenes, las famosas factorías, los pequeños dealer de automóviles (yo diría mínimos, más que pequeños) los restaurantes latinos que se amontonan, uno encima del otro, con sus especialidades anunciadas en grandes carteles pintados con tempera y descubrí que Hialeah tiene algo más.

Tiene las casas, los grandes repartos y sobre todo, su gente. La gente que, por años, ha hecho de esa ciudad un nuevo hogar para cada uno de los que llegan. Ya no son todos cubanos, los hay de todos los países, aunque nuestro acento prevalece. Redescubrí las casas con rejas, como en Cuba, y vi, por primera vez desde que llegué de la isla, a un “yabó” que es una persona que se ha hecho santo en la religión afrocubana, fácilmente identificable porque debe vestir de blanco y cubrir su cabeza durante todo un año.

En medio del recorrido mi hermano me llevó a conocer la casa en donde vivieron él y mi madre hace muchos años, cuando vinieron a este país. Por supuesto, fue un pequeño cuarto que aquí se le llama de una manera que no se escribir y no me arriesgaré a un disparate ortográfico en un idioma que no domino. La ciudad de Hialeah también le dio la bienvenida a los míos en su momento.

Conocía la casa en las fotos y los videos que me mandaban a Cuba, pero viéndola en vivo me pareció chiquita y menos linda de lo que la veía en las fotografías. Fueron cerca de cuatro años que mi madre y mi hermano mayor vivieron en aquel pequeño cuarto, hasta que mejoraron sus economías y se movieron al sitio en donde hoy vivimos.

El casero de mi hermano todavía vive allí y nos recibió con mucha alegría, guarda muy buenos recuerdos de ellos como inquilinos. Comentó como fue que mis sobrinas casi nacen en su casa y hoy son dos niñas grandes. Se alegró mucho de vernos y hasta nos regaló unos mangos de la mata del patio. Estoy seguro de que mi hermano se alegró también al reencontrarse con la que fue su primera casa en los Estados Unidos.

Ahí estaban sus incipientes pasos como inmigrante en este país, la parada donde tomó por primera vez la guagua para ir a trabajar, la barbería donde se pelaba, la estación del metro y hasta el pulguero donde, seguramente, compró algunas de las ropas que usó. Él no lo dijo, pero de manera sutil y honda volvió sobre sus pasos, recordó como empezó su camino aquí. Fue bueno conocer de su mano el lugar en donde comenzó todo. El sitio exacto desde donde se hizo cada una de aquellas primeras llamadas teléfonicas tan difíciles, desde donde se cocinaron tantos planes de reencuentro y en donde se dejaron lágrimas visibles y otras tantas tras las paredes.