Hace dos años III

Aqui les dejo la continuación de la saga de mis trámites de viaje. Si es la primera vez que llegan hasta aqui estaría bien que revisaran el primer capítulo, en donde todo comienza y el segundo, cuando las cosas van encaminandose un poco más. Hoy les cuento como finalmente puedo hacerme mi nuevo carné de identidad y regresar al primer paso de esta historia: Hacerme el pasaporte.

Ya se anunciaba la llovizna, pero creí que me alcanzaría el tiempo para llegar hasta el Registro Civil y asi fue. Como llegué unos minutos antes de la hora en la que abrían por la tarde, no me quedó mas remedio que hacer la famosa cola. Mientras esperaba miraba el barrio. He pasado por esa cuadra desde que era nino, es bien cerca de mi casa. Incluso durante años me pelé con un barbero en esa misma esquina.

Justo en la propia entrada del Registro Civil estaba el clásico bulto de basura. En nuestro barrio no hay una casa que se respete sino cuelga su basura en algun lugar bien visible de su portal. Cuando eramos pequeños poníamos banderitas cubanas y del 26 de Julio. Hoy las hemos sustituidos por jabas de basura. Frente al Registro Civil hay una casa que parece salida de una de las famosas fotos de los desastres de Ike o Gustav. Toda de madera y cayendose hacia un lado. De su interior salían dulces canciones de Myrian Hernandez.  Mientras pensaba en la utilidad de tener un equipo de música en una casa que prácticamente se estaba cayendo, abrieron las puertas del Registro Civil.

Tras el habitual barullo de las personas y los clásicos reclamos de las colas, se organizaron como pudieron. Esta ves tuve tiempo de leer los carteles de la recepcion del local. Habia uno que rezaba:

Prohibido entrar al recinto con ropa inadecuada (short, chancletas u hombros descubiertos) No se puede fumar en su interior y esta terminantemente prohibido acudir bajo los efectos de la ingestión de bebidas alcoholicas”.

¡Horror! Andaba en sandalias. Mire con lástima los dedos desnudos de mis pies y mientras buscaba un cómplice, recordé al hombre que me atendió en la recepción cuando vine a solicitar mis documentos. Andaba en short y camiseta, aunque si la memoria no me falla, llevaba tenis. Rápidamente lo busqué con la vista y ahí estaba, con su short nuevamente. No me preocupe más por mis pies semidesnudos.

Una de las trabajadoras encendió un cigarro con toda la calma del mundo, pero pense que como el cartel se encontraba de espaldas a ella, no habia podido leerlo. Pero todavía no entiendo como el hombre de la recepción andaba en short. Mientras esperaba por mis papeles tenía la certeza de que algún trabajador  sacaría una botellita de ron o dos latas de cerveza de una gaveta del buró. Era la única regulación que faltaba por violar. Pero no sucedió. Después de todo no son tan irresponsables.

Mis documentos andaban en orden y con todos los datos correctos. Tenía mis dos certificaciones de nacimiento y mi fé de soltería. Una de las certificaciones era para sacar mi flamante carnet de identidad y la otra junto al documento que demuestra que nunca en la vida me he acercado al altar (ni al notario) , serán enviados al final de esta semana a mi familia en los Estados Unidos.

La lluvia no me dejó llegar ni siquiera a la calzada a coger un taxi para las oficinas del carnet de identidad asi que regresé casi corriendo a la casa para dejar los otros documentos y coger una sombrilla para seguir camino. Mientras regresaba intenté comprar pizzas para almorzar, pero todos los kioskos que las venden estaban cerrados, no se si por la lluvia, o por como esta “la cosa”. Para los cubanos “la cosa” es algo que no se puede definir, pero sabemos exactamente qué es.

Debajo de un aguacero, medio mojado y con mi optimismo de siempre llego a las oficinas.

– Buenas tardes, yo estuve la semana pasada aquí para hacerme el carné nuevo, pero no aparecía mi certificación de nacimiento entre los documentos que ustedes guardan. Entonces ya la tengo y vengo a hacerme el carnet.

– ¡?Que?! – clásica respuesta de recepcionista.

La misma muchacha que me había atendido tan amablemente la vez anterior me salvó de volver a dar todos los detalles.

– Para suerte nuestra y de usted también, su certificación apareció. Estaba traspapelada.

– Bueno, pero aquí  traigo la nueva, asi que tendrás dos a partir de ahora.

– Siéntese y espéreme un minuto por favor – me dijo sonriente.

Por las veces que escuche mi nombre, excelentemente bien pronunciado, y la cantidad de rostros que vi asomandose a través de la puerta que separa el área donde atienden al público de los archivos, supe que había sido famoso durante el fin de semana. Imagino a media unidad de policía buscando mis papeles por todo aquello. Luego de tanto trabajo que había pasado para conseguir los míos, no pude menos que sonreir y disfrutar mis escasos segundos de fama.

Luego de las anotaciones pertinentes debía esperar unos 30 minutos a que estuviera listo el documento. Aun llovía y me entretuve leyendo el mural de la oficina. Los murales creo que solo existen en Cuba. Son una especie de resumen de los cubanos. Desorganizados, escandalosos y mentirosos. Justo por este mural me enteré que antes de irme, debo regresar nuevamente a estas oficinas. Esperemos que esa vez sean igual de atentos que ésta.

Me llaman a otra habitación más pequena para que revise el documento aun sin plasticar. Los datos caligrafiados con una excelente caligrafía Palmer eran correctos. Hasta pusieron los dos nombres de mi padre y me quitaron ese halo que me hacía parecer solo hijo de un Angel B. Que es como ser hijo de un ángel de segunda categoría. Firmo en el documento y me toman la huella del pulgar y también la estampan en el mismo.

– No te limpies la mano, que tengo que tomarte todas para el registro – la señora se sentía realmente mal. Cuando entré en la oficina estaba medio dormida sobre el buró.

– ¿Me tienes que tomar mas huellas?

– Toda la mano.

Me sentí como los acusados de esas series policiales, solo que sin los apuestos policías de las mismas. Catherine, Grisson o Mike de CSI Las Vegas, no se asomarían jamás por aquí. La toma de huellas no solo fue de mis dedos pulgares. Toda la mano me la embarraron de una tinta vizcosa y negra de la que aun tengo restos mientras escribo. Lo peor. No había agua para lavarme, solo una camiseta mas embarrada que mis propias manos. Por suerte (soy dichoso, se los he comentado), llovía a cántaros. Con el agua de la lluvia lavé mis manos y con el deseo de que esa primera lluvia de nuestro otoño me ayudara con todos los trámites que aun me quedan por hacer. Por el momento ya tengo mi carnet de identidad. Eso me ubica exactamente en donde empezamos esta historia. Mañana solicitaré mi pasaporte.