Hace dos años IV

Mientras les escribo hoy, me preparo para algo de lo que, definitivamente, les contaré mañana. Sé lo desagradable que es que le creen a uno una incertidumbre o que le dejen caer una historia a la mitad, pero para contárselas como ustedes se merecen no tengo otra opción que esperar a mañana.

Hoy les sigo con la saga de mis trámites para salir de Cuba. Recordarán, de los capítulos anteriores, que ya tengo listo mi nuevo carné de identidad y los otros documentos que debía enviarle a mi madre para que iniciara los trámites de mi reclamación, solo faltaba mi pasaporte, de eso hablo hoy en esto que ya se va enredando cada vez más.

A quien madruga, Dios lo ayuda. Dicen por acá, pero yo, que soy dormilón, uso otro refrán: No por mucho madrugar, amanece mas temprano. De todas formas hoy me apegué a la tradición y me levanté bien temprano. No tenía otra opción pues la solicitud de pasaporte es solo por la mañana. Las guaguas cubanas son una mezcla de personas, palabras y hasta olores. Aun en tan tempranas horas pude descubrir los más exclusivos perfumes europeos, como Calvin Clain o Paco Rabanne junto a las mas radicales emanaciones humanas.  Es un ejemplo de nuestra democracia. Todos cabemos en una guagua.

Fui directamente a una de las casas en las que llenan las planillas en máquina de escribir. Enseguida una señora me abordó casi en medio de la calle y ahí comprobé que no hay mejor publicista que el dueño del negocio. El slogan con que me recibió la señora fue:

– Despreocúpate por la planilla, yo me encargo de eso. Tu solo tendrás que montarte en el avión.

¡Como si fuera tan fácil! La casa de la señora estaba llena de muñecas. De porcelana, de biscuit, de cerámica, de yeso y hasta de trapo. Era un monumento a las etapas por las que han pasado nuestros adornos y nuestras casas. Desde la porcelana de la colonia hasta la imitación del biscuit de las tiendas Todo por Uno de la actualidad. Si olvidar la inventiva artesanal de las de trapo.

En medio de la sala estaba la mesa con una máquina de escribir muy vieja. Era exacta a la primera que tuvo mi madre en los años 50. La misma con la que después daba clases de mecanografía en la casa. El sonido de las teclas me hizo pensar en ella. ¡Cuantas cosas hizo en mi casa para que salieramos adelante! Y no es aquella frase tan cursi de que “fue padre y madre a la ves”, es que mi madre es tanta madre que no hizo falta nuestro padre, ni cuando éramos niños y mucho menos ahora de grandes o “tarajayudos”, como dice ella. Una Underwood como aquella estaría en cualquier parte del mundo en algún museo, pero en Cuba, todo funciona, sirve hasta que no sirva.

Terminada mi planilla, la señora me despide con un ¡Feliz viaje! Como si ya hubiese cruzado la raya amarilla de la aduana en el aereopuerto. Enfilo hacia las oficinas de inmigración con mis planillas en las manos. Voy directo al cubículo donde se hacen los trámites relacionados con los pasaportes y entrego mi carnet de identidad. Mientras espero a que me llamen me uno al grupo que también espera, no solo los pasaportes, sino por todos los trámites que se hacen alli.

Me di cuenta que llamaban a las personas a través de una bocina, al estilo de los aereopuertos. ¡Que moderno! Una de las veces que llamaron a una de las personas que esperaban, el micrófono por el que hablaban se quedó abierto y se escuchó toda la conversación con la oficial de emigración.

– Su permiso de salida está cancelado

– Pero puede decirme por qué? Algún motivo tiene que haber.

– Regrese en tres meses para volver a iniciar el trámite – respondió fríamente la oficial.

– Ya saqué el pasaje, que hago con eso? – dijo el hombre.

– Usted sabe que no puede sacar ningún pasaje sin tener el permiso de salida en sus manos. Lo siento. Regrese en tres meses.

Todos afuera estábamos a la espectativa de la conversación. Era como una de esas radionovelas que hace que las amas de casas se peguen al radio. Unos comentaban y otros callaban, pero se notaba en sus rostros la sorpresa. Fue en ese momento que me di cuenta que no tenía nada seguro. Aunque mis trámites de salida fueran legales, aunque no hubiese ningun “cuadre”, tenía alguna posibilidad de que no me dieran el permiso de salida.

Me di cuenta, que no es un juego, ni una película lo que estaba viviendo. Era mi vida y podía cambiar drásticamente por un simple papel, como le sucedió al señor que luego salió con una expresión de incredulidad, odio e impotencia en el rostro. Cuando la voz dijo mi nombre me sacó de un salto de los pensamientos. En ese momento andaba espantado de todo lo que vistiera de verde olivo.

– Soy yo – dije mientras entraba en el cubículo.

– Siéntate – la sonrisa de la misma muchacha que me atendió la primera vez que estuve alli me hizo sentir mas en confianza. – ¿Se demoró mucho tu carnet?

– Si te cuento todo lo que pasé no me lo vas a creer.

Revisó que todos mis datos coincidieran con los del carnet de identidad al igual que mis fotos y tachó sin piedad los sellos de ¡55.00 cuc!

– Si papito – me dijo cuando se dio cuenta de mi cara de risa – porque ésta que está aquí no tiene ni un fulita y si se pierde un sello de esos lo tengo que pagar yo.

– Pensaba que era una especie de venganza contra los sellos – me reí de buena gana.

Luego de comprobar que todo estuvo en orden me dijo que podía recoger el pasaporte a partir del viernes de la próxima semana. Han pasado casi siete días y cuatro capítulos para volver al mismo lugar en que me encontraba al inicio de esta historia. Pero como sabemos, esto recién comienza.