Hace dos años V

Hago un alto en mi día a día y sigo abriendo mi email para contarles como viví la experiencia de mis trámites para salir de Cuba. Luego de recoger mi pasaporte y los otros documentos, solo me quedaba recoger mis antecedentes penales y enviarselo urgente por DHL a mi madre aquí. Verán lo que me sucedió ese día y todo por mi culpa, por mi grandísima culpa.

Cuando salí hoy bien temprano no sabía la sorpresa que yo mismo me había preparado para el final de la mañana. Hoy mi viaje no fue en guagua, me regalé mi transporte en los famosos carros de 10 pesos, que es un eufemismo con el que se nombra a los taxis particulares por aquí, porque ya no cuestan eso ni tampoco se les puede llamar carros a muchos de ellos.

Viajé hasta La Habana para llegar luego al Vedado, necesitaba recoger mis antecedentes penales y enviárselos a mi madre por DHL junto con los otros documentos, llevaba cerca de dos semanas esperando para cerrar los trámites de mi reclamación. El único taxi que pude encontrar en la popular esquina de Prado y Neptuno me dejaba en la esquina de 23 y L, tendría que caminar bastante hasta Línea y F, donde recogería mis antecedentes penales, pero era o eso, o llegar más tarde.

Andaba con tanta buena energía que me fui caminando desde el Yara hasta allá. Fueron varias cuadras del contrastante barrio del Vedado. Mansiones convertidas en ruinosos solares junto a empresas o cafeterías modernas. Casas de nuevos ricos, carros modernos, jardines bien cuidados, inmensas iglesias. Un barrio de grandes contrastes.

– Vengo a recoger mis antecedentes penales – la recepcionista apenas levantó la vista de la novelita que leía y me señaló la ventanilla.

Ya saben lo que sigue, pedir el último en la cola, dar el último a quien llega y escuchar algunas historias de los que esperan. En un arranque de disposición laboral la recepcionista suelta la novelita y explaya a puro pulmón:

– ¡Los que van a recoger que me den los papelitos!

La cola se desorganizó. Empezó el “¿atrás de quien vas?”, “yo llegué primero”, en fin, lo de siempre, pero estoy acostumbrado a lidiar con eso. Se lleva los famosos papelitos y regresa con un bulto de antecedentes penales. Los pone sobre el buró.

– ¡Caballero con orden! Busquen ahí cada uno los suyos.

Fue como cuando en un cumpleaños se rompe la piñata. Aún sigo pensando en la utilidad de aquel arranque de laboriosidad que le dio a la recepcionista. Mientras la jauría buscaba entre los papeles al más puro estilo Sábado Gigante, solo esperaba que el mío no se rompiera o se machucara entre tanto busca – busca. Cuando se calmó todo, solo quedaron dos papeles en la mesa. Uno era el mío. Lo revisé. Cuando fui leyendo los datos que estaban en cada casilla me entró un escalofrío. El segundo nombre de mi padre estaba alterado por una letra.

– Creo que hay un error aquí.

– A ver papi – es la recepcionista quien me habla.

– El segundo nombre de mi padre esta mal.

– Préstame tu carnet – mientras lo revisa va asintiendo con la cabeza – Eso no tiene lio. Lo importante aquí es tu nombre y tu carnet de identidad.

– Mi vida, se de personas que han tenido años de sufrimientos de oficina en oficina por solo una letra. ¿Crees que pueda ver a alguien que realmente sepa de esto para que me aclare las cosas con base? – era una manera decente de decirle que no hablara de lo que no sabía. De esa misma manera ella lo entedió a juzgar por su mirada.

– ¡Gladis! – a todo pulmón – ¡Glaaaaaaaaaaadiiiiiiiiiiiiiis!

– ¡Dime!- soltó Gladis con los mismos decibeles que su interlocutora.

– Máma, éste quiere ver a un alguien pa que le diga no se qué.

Evidentemente, éste, era yo y ella sabía perfectamente lo que yo quería saber, pero fue su manera de vengarse por haberla llamado “burra” solapadamente. Luego de explicarle a Gladis lo que pasaba en mi documento y ella confirmarme lo que me había dicho la recepcionista salí más tranquilo.

Me explicó que ese dato no tiene mayor tracendencia ya que es el segundo nombre de uno de mis padres y ese es un documento personal, no de identificación como una certificación de nacimiento. Los datos importantes son los propios, el resto es solo para confirmar en caso de algún error en los datos personales.

Salí con todos mis papeles rumbo a la flamante agencia DHL en el distinguido Miramar. Hasta allá cogí otro taxi. Un CD de pegajosas bachatas me acompañó  durante todo el viaje. ¡Cómo les gustan las bachatas a los boteros cubanos! En unos minutos atravesé el túnel que separa la exclusividad de Miramar del tumulto y el ruido del resto de la ciudad. Poco después entraba por las puertas de la agencia.

Otro escalofrío me recorrió toda la columna vertebral cuando vi a todas las personas escribiendo las planillas de envío. ¡La dirección de mi madre! ¡No había traído la dirección de mi madre! Esta era la sorpresa que yo mismo me había preparado al principio del día.

Mientras me torturaba pensando como rayos pensaba enviarle ese paquete a mi madre hacia señas a los taxis para regresar a casa. ¡¿Pensaba acaso llegar al buró y decirle a la recepcionista, mándale esto a mi mamá?! ¡Estoy comiendo bolas! De verdad que no me asienta para nada levantarme temprano.

Luego de algunos taxis y algunos otros pensamientos aún más fuertes que los que les cuento, llegaba a mi casa. ¡Que distinto mi barrio a Miramar! El taxi me deja justo enfrente del correo de mi reparto. Flamantes y coloridos carteles que anuncian el nuevo servicio DHL Express lo adornaban. No podía creer que a unos pocos metros de mi casa podría enviar mis papeles y yo casi atravesé la ciudad para eso. Ahora solo tenía que buscar la dirección en casa y hacer el trámite.

– ¿Tu también vas mandar papeles? – me dijo la dependiente al ver los documentos que traía en la mano.

– Si – respondí un poco intimidado por la pregunta.

– Es que ya hoy tengo 25 envìos. Tu eres el número 26. Estamos igual que en la época del sorteo. Todo el mundo mandando sus papeles pa llá.

– Si, la cosa esta mala.

– Mmmm – me señala con la barbilla un cartel que ya se hace famoso por estos días en la Habana – “Prohibido hablar de la cosa”.

Me río de buena gana cuando me lee lo que dice el cartel que tiene puesto encima de la caja registradora. Finalmente mi día no había terminado tan mal. En 5 días máximo mi familia tendrá mis documentos, aunque me aclara que probablemente sean solo 72 horas. Ahora, con un fin de semana por medio, podré cargar las pilas para los otros trámites que me quedan.