¿Habría que hacer un puente?

En este domingo he intentado alejar la melancolía que traen los días lluviosos con lo peor del pop adolescente. Es una buena terapia, se los aseguro. Luego de escuchar a Miley Cirus, Justin Bieber y Hilary Duff, les aseguro que la melancolía se ha ido al fondo de la gaveta y ha sido reemplazada por un fuerte dolor de oídos.

Por suerte un regalo que me trajo Mr. A hace unos días me salvó de la tontería en que se había convertido mi domingo. El más reciente CD de Ricardo Arjona me volvió a poner en sintonía con quien soy y, a pesar de sumergirme de nuevo en la melancolía, salvó a este blog de los bailes de graduación y los consejos para tener el abdomen perfecto y el cabello ideal.

La controvertida canción Puente cierra el CD Poquita Ropa con sus más de ocho minutos derritiendo palabras sobre la nostalgia de los cubanos en las dos orillas y sobre cómo deberíamos reencontrarnos. La idea del famoso puente que nos una le ha estado rondando la cabeza a más de uno desde hace varias décadas. Yo creo que ese puente traería más decepciones que reencuentros. Muchos de los que estamos de este lado de la orilla dejamos una ciudad que ya no existe, que se vino con nosotros para acá y probablemente nunca reencontraremos por más que nos lo propongamos.

La Ciudad de la Habana que cada uno de nosotros cree conocer es una mentira, tan grande como la propia ciudad. No existen esos edificios tan pintorescos, ni esa sonrisa en los rostros de las personas. Nuestra escuela no era tan grande, ni tan bonita. No fuimos tan felices de aquel lado, también tuvimos momentos de tristeza y frustración. Probablemente no exista, ni siquiera, el famoso olor del Malecón del que tanto presumimos.

No creo que el puente sea lo que nos una a los cubanos de allá con los cubanos de acá. Antes hay que empezar a abrir pequeñas ventanas que nos dejen ver lo que pasa al otro lado. Ventanas que nos permitan redescubrir, poco a poco, la nueva Habana que se nos va a presentar frente a nuestros ojos y les dejen saber a los de aquel lado como es el verdadero Miami.

Ventanas que estén protegidas por cristales y que primero nos dejen solo ver, sin sentir olores, calores ni brisas, solo observar. Podremos adaptarnos y ver, con los ojos de ahora, esa ciudad que creemos conocer. Luego sería bueno levantar los cristales y dejar que, suavemente, nos empiecen a inundar las sensaciones que transporta el viento.

A las ventanas deberían asomarse, uno a uno, nuestros amigos, la familia que dejamos del otro lado, los vecinos que tanto extrañamos, la maestra de primaria, el que nos traía la carne de res escondida entre las hojas de la revista Bohemia, los niños de la escuela que no nos dejaban dormir la mañana. Todos deberían venir a saludarnos y nosotros deberíamos estar ahí para ellos.

Los cubanos de allá también deberían abrir sus ventanas y dejarnos asomar a ellas. Mostrarles cómo vivimos realmente, no cómo les decimos que vivimos. Enseñarles como pagamos nuestras cuentas y dejarles saber que no somos felices por manejar un auto o tener un televisor de pantalla plana. Que la felicidad está en las pequeñas cosas, esas que solo se encuentran junto a las personas que nos quieren.

Deberían sentir, a través de las ventanas, el calor pegajoso de Miami, el falso olor de flores y manzanas que inunda nuestras casas y que sale de un spray que compramos para sentirnos diferentes de lo que dejamos afuera. Sería bueno también que les presentáramos a nuestros amigos, la nueva familia que nos acoge, la falsa mata de cocos que tenemos en el jardín y el perrito que tenemos en casa que no puede vivir sin aire acondicionado y no come nuestras sobras, sino su propia comida para perros.

Solo deberíamos construir el famoso puente luego de que las ventanas estuvieran totalmente abiertas, como nuestros corazones, a la verdadera Habana y al verdadero Miami, no a la que recordamos o al que creemos conocer. Atravesar un puente de 90 millas para luego decepcionarnos de lo que encontraremos al final de tan ansiado viaje no es una buena idea. No estamos listos aun para construir el puente, al menos eso es lo que creo, pero yo soy solo un recién llegado y Arjona siempre será Arjona.