Miami llora

Esta tarde de viernes he descubierto Miami bajo la lluvia. Salí y tomé el Metro debajo de uno de esos aguaceros que los meteorólogos llamarían “torrenciales” pero que nosotros, en Cuba, les decimos, sencillamente,  “perros aguaceros”.

La ciudad vista a través del cristal mojado de los vagones no lucía igual que cuando el sol resplandece en las superficies de los ingenuos rascacielos que dominan el downtown. Esas gotas de lluvia que se atravesaron entre mis ojos y los grandes edificios le dieron el aspecto de una ciudad triste.

Miami hoy parecía haber soltado un llanto contenido por muchos años, pero parece que solo era yo quien lo veía. A mi alrededor las personas solo atinaban a cubrirse de las lágrimas/lluvia que caían desde lo alto, yo solo podía mirar hacia arriba y tratar de adivinar por qué la ciudad estaba tan acongojada.

¿Se sentiría sola? ¿Será que se le está yendo el verano entre las manos? Les confieso que, por más que intenté, no logré ni siquiera sospechar por qué mi ciudad madrastra lloraba tanto esta tarde. Quizá sea por algo que le sucedió hoy mismo o hace muchos años, una despedida, una frase mal dicha o mal entendida, la ausencia de una voz, cualquier cosa pudo ser.

De cualquier manera Miami siempre será Miami y su tristeza durará poco. Esta noche empieza un fin de semana largo que durará hasta el martes. La ciudad se vestirá de gala con el mejor traje que conoce, ese que nunca le falla y que se adorna con los exorbitantes juegos de luces y los glamorosos sonidos de la música tropical. Miami volverá a sonreír.

¿O será que solo disfrazará su tristeza?