Mi primera vez en una Sex Shop

Hoy decidí salir a una de las tantas gestiones que debo hacer y me fui, por mis propios pies, a caminar un poco del barrio en donde vivo y llevar mis pasos más allá de Sedano´s, Wallgreen o Winn Dixie. No tenía idea de que podía tropezarme con algo así en mi camino. Solo los había visto desde el carro cuando he salido, pero nunca así, frente a frente.

Un enorme cartel en letras negras y moradas lo anunciaba. Su interior estaba vedado por unos cristales que jugaban a ser unos espejos y que solo me devolvían mi propio rostro asustado por lo que podía encontrarme al otro lado. Lo pensé varias veces antes de entrar, se los aseguro, pero la curiosidad pudo más que el miedo o la pena o lo que sea que pude haber sentido.

Lo que más frenaba mis pasos antes de abrir la puerta era la cantidad de carros que había afuera. ¿Y si encontraba a algún conocido de la familia? ¡Qué pena! Pero nada, me persigné antes de entrar y abrí la puerta de mi primer sex shop.

Un raro olor a tabaco me recibió dentro. Dos hombres miraban con la pupila dilatada las carátulas de unas películas y hacían los típicos comentarios masculinos sobre los cuerpazos de las chicas. Algo me impulsaba a salir corriendo pero ya estaba dentro y la puerta cerrada detrás de mí. Lo mejor que podía hacer era caminar hacia adelante pues tenía justo a mi lado al dependiente del lugar escrutándome cada poro del rostro, o al menos eso era lo que sentía.

Decenas de películas se apilaban al centro del local bajo clasificaciones tan raras que no puedo repetir, para colmo todas en inglés. La única categoría que entendí fue la de películas gay pero era demasiado salir disparado para aquella fila delante de tres hombres en la tienda. Preferí caminar discretamente por una de las paredes en las que se exhibían toda clase de objetos.

Les juro que, aun a estas alturas, hay cosas que no tengo ni idea para que sirven o donde se ponen, pero tampoco quiero averiguarlo. Casi la mitad de la pared estaba cubierta por penes de plástico (creo yo, porque ni piensen que los toqué) algunos más grandes que mi brazo.

Otra de las cosas que pude reconocer fueron unas especies de vaginas con algo a los lados que parecía como un timón de bicicleta. Disculpen mi poca cultura sexual pero no tengo otra manera de describir aquella cosa que parecía más un casco vikingo que un juguete sexual.

Aparte de esas dos cosas que pude reconocer, la pared estaba llena de artefactos de casi todos los colores y con miles de formas. Si no fuera por los chicos y las chicas semidesnudas que los anunciaban desde las cajas y las etiquetas, hubiera podido jurar que eran inocentes juguetes para niños.

Finalmente llegué, discretamente, a la fila de las películas gay. Realmente no se me ocurre como alguien puede pagar entre veinte y cincuenta dólares por una de esas con la cantidad de pornografía gratis que hay en internet, pero me imagino que, si están ahí, es porque alguna persona las compra.

Los chicos de las carátulas de estos DVD son casi todos iguales, musculosos, ni una gota de grasa, el pelo perfecto y ni hablar de aquella otra parte. En eso andaba cuando los dos hombres que estaban también en la tienda, le preguntaron al dependiente con la voz más estridente que he podido escuchar en este país: “¿Tiene alguna oferta, manito?”

Eso fue suficiente como para que saliera de aquel lugar que era como una especie de Sedano´s del sexo. No creo que regrese a alguna de esas, mi curiosidad quedó satisfecha por completo, al menos en lo que respecta a lo que se vende en esas tiendas, pero puertas afuera algo me dijo que me iba de aquel sitio sin conocerlo completamente.

Si dentro solo vi a tres personas, incluido el dependiente ¿Dónde estaban los dueños de los más de siete carros que se cocinaban bajo el sol de la tarde en el parqueo del lugar?