Aprobado

Muchas veces las cosas que improvisamos nos quedan mucho mejor que las que nos llevan semanas planear. El poder de lo imprevisto generalmente saca lo mejor de uno y es por eso que se obtienen resultados tan sorprendentes. Hoy pude comprobar esto. Poco antes de que terminara el día de ayer decidí irme a sacar mi licencia de conducción temprano en la mañana.

Llamé a una de esas personas que se dedican a dar las clases de manejo para que me instruyera en el recorrido que debía hacer poco antes de que abriera la oficina y estar preparado para lo que me pediría mi examen. El señor, colombiano por más señas, me recogió en mi casa cuando aún no salía el sol en Miami.

Fui manejando hasta la oficina de la Licencia de Conducción y el señor me fue dando algunas instrucciones y los trucos para que pudiera hacerlo mejor y más confiado. Descubrí algo. Me encanta el acento colombiano, tiene una cadencia muy linda, todo lo contrario de este acento cubano que llevamos y que nos hace comernos cuanta letra tenga la palabra.

Hice varias veces el recorrido con el que me examinarían luego. El señor me dijo que estaba listo y me deseó suerte. Poco después estaba dentro de la oficina, respondiendo preguntas y solicitando la prueba práctica. Luego de tomarme las fotos, firmar y comprobar algunos de mis documentos, solo me quedaba esperar porque el examinador me llamara afuera de la oficina.

No tuve tiempo de sentarme. Apenas unos minutos después de haber salido, una señora, menuda y con un rostro dulce de maestra de los años 60 me llama por mi nombre. De alguna manera me sentí aliviado de que alguien así me hiciera la prueba. Su rostro me era familiar, pero no podía recordar de dónde.

Cuando se sentó junto a mí y se presentó en aquel tono suave no me quedaron dudas. No la conocía a ella, pero se parecía mucho a una tía, cuñada de mi abuela y a quien quería mucho en Cuba. Para colmo las dos llevaban el mismo nombre y compartían el mismo gusto por las prendas y el polvo facial. En un tono dulce me explicó en qué consistiría el test de manejo y cualquier asomo de nervios que podría tener, desapareció en ese instante.

La señora tendría poco menos de 70 años y ahí estaba, junto a mí, mirándose en el espejo del auto y acomodándose los aretes que le hacían juego con el uniforme. Su maquillaje era discreto, perfecto para la hora, la edad  y el lugar. Si sus cosméticos pudieran hablar seguramente dirían algo así como “quiero que sepan que estoy ahí pero que nadie se dé cuenta”.

La primera de las maniobras que debía hacer era mi prueba de fuego. Le tenía terror a aquello de parquear entre los conos. Si lograba vencer esa parte, lo demás sería fácil. Recordé una a una las instrucciones del señor colombiano y lo conseguí, parquear sin ni siquiera rozar uno de ellos.

Para ustedes eso puede ser lo más normal del mundo, pero no tienen idea de cuantas veces me he comido los dichosos conos naranja en las prácticas. Fue un logro tan grande haber hecho eso que tuve ganas de darle besos a la examinadora, pero aún me quedaban otras cosas más por hacer.

El recorrido fue corto, en pocos minutos vencí todas las maniobras y estaba de regreso a la oficina mientras la señora me comentaba como aprendió a manejar cuando ya era muy mayor y le perdió por completo el miedo. Me felicitó y me pidió que cuidara mi licencia de conducción.

Cuando me bajaba del carro aún las manos me sudaban y a duras penas pude pasarles un mensaje a mi familia y a mis amigos para contarles que ya tenía licencia de conducción. El resto fue puro trámite. Pocos minutos después regresaba a mi casa con mi permiso provisional de conducir.

Cada paso que voy dando en este país es muy importante para mí. Cada nuevo documento, cada cosa que voy aprendiendo, cada descubrimiento es un escalón más que voy subiendo en esta maraña en que puede convertirse la vida de una persona que ha decidido empezar su camino en un país como Estados Unidos.

No siempre es fácil, no siempre se consigue a la primera vez, pero lo importante es no rendirse y seguir intentándolo hasta que lo logremos. Por suerte siempre tendré a mi familia para corregirme el paso y a ustedes también, del otro lado.