Regresar a casa

Regresar a casa

Regresar a casa es una sensación inexplicable. Estos días en New York me han regalado, además de una ciudad impresionante, la compañía de mi hermano y un profundo dolor en los pies, la certeza de que vivo realmente en Miami. Estos primeros meses en los que he comenzado mi vida en esta ciudad me habían dejado una incertidumbre sobre a dónde pertenezco, si a La Habana o a la Ciudad del Sol.

Definitivamente pertenezco a esta ciudad que me ha recibido, es donde tengo mi nuevo espacio, donde están las personas a las que quiero y, sobre todo, donde me siento “en casa”. Nada como regresar a bañarme en mi baño o dormir en la que, hasta hace pocos días, no sentía como mi cama.

El viaje a la Gran Manzana también me regaló decenas de historias que les iré contando una a una. Cada esquina, cada edificio, cada calle, que pude conocer, tiene un relato detrás. Cada persona con la que pude conversar también me dejó su pedacito de vida y, sobre todo, su verdad sobre cómo enfrentó su vida en la Gran Manzana.

Ahí están la dependiente asiática de una pequeña tienda de regalos con la que hablamos largo rato sobre el Ché pues no lo conocía, la señora norteamericana que se sorprendía frente a la vida exorbitante en Times Square, la joven que me sonrió mientras tomábamos un café en el exclusivo hotel Plaza o el amigo que pasó de vivir en las calles y conocer la cara fea de la gran ciudad, a tocar su música en lujosos hoteles.

De todos les iré contando, poco a poco. Para mi es una bendición haber contado con ustedes del otro lado, acompañando mi viaje con sus mensajes y con sus comentarios, pero sobre todo ha sido un verdadero descubrimiento esta certeza de haber encontrado, nuevamente, el lugar adonde pertenezco.