Gente de Manhattan

Gente de Manhattan

Times Square

New York es una ciudad impresionante, no sólo por sus grandes edificios o por ser el centro de casi todo lo que se mueve en el mundo, sino también por la gente que la vive. En una urbe en donde las personas caminan por las calles, usan el transporte público y son mucho más comunicativas que en Miami.

Una de las noches en que caminábamos cerca de Times Square buscando algunos regalos, entramos en una pequeña tienda. Su dependiente, que luego descubrimos que también era su dueña, nos atendió amablemente y nos empezó a mostrar su mercancía. Era básicamente una tienda de souvenirs, los comunes que se imaginan, pequeñas estatuas de la libertad o versiones en miniaturas del Empire State.

Revisando cada estante descubrimos unos sellos con la imagen del Ché. Aquella señora, asiática por más señas, solo sabía que aquel hombre era una especie de héroe que muchos llevaban en pullover o incluso en tatuajes. Cuando supo que éramos cubanos y que el Ché tenía algo que ver con nuestra historia enseguida nos preguntó más detalles.

Mi inglés no es muy bueno, pero mi hermano le contó sobre la otra cara de Ernesto Guevara, esa que mostró en la cárcel de La Cabaña cuando no solo asesinó a muchas personas sin un juicio justo, sino también de la manera en la que cínicamente trataba a sus familiares y jugaba con sus sentimientos.

Para mí esta es una cara relativamente nueva, el Ché en Cuba es venerado como uno de los hombres más justos de los que intervinieron en aquella Revolución de 1959. Muchas veces escuché decir que, si el Ché estuviera vivo, no se hubieran hecho tantos desastres como los que sufrimos los cubanos en los últimos 40 años. Aquí, conversando con muchas personas y viendo sus historias, descubrí el rostro del que mi hermano le contó a la señora asiática.

Esa misma noche intentamos descansar un poco nuestros pies sentados en Times Square. Las luces y los anuncios de esas pocas cuadras son impresionantes pero, como mismo pasa con los comerciales de la tele, llega el momento en que te vuelves inmune a tanta publicidad. Aun así, ese lugar es una eterna celebración a cualquier hora del día.

Times Square es un amasijo de personas, de todas las razas y hablando todos los idiomas. Cada uno de los que allí estaban tenían un motivo distinto para visitar esa zona. Unos estaban casándose justo ahí, bajo los anuncios que iluminan la calle, otros llegaban desde el sur del continente para celebrar su graduación de la Universidad, también habían otros que solo estaban sentados ahí, intentando que los problemas diarios se les pasaran con esa especie de droga de colores que son aquellas pantallas de vídeo.

Nosotros, en ese momento, solo intentábamos descansar nuestros pies luego de un día de caminar por medio Manhattan. Mientras conversábamos, mi hermano y yo, se nos acercó una señora norteamericana que caminaba con la ayuda de un andador y nos preguntó en un inglés de acento sureño, según me dijo mi hermano luego, si se celebraba algo especial esa noche.

Para aquella señora, norteamericana desde siempre, era igual de sorprendente aquella vida que se respiraba en ese espacio. Luego de explicarle que no, que aparentemente así era el Times Square normal, siguió su camino despacio, apoyada en su andador y mirando, asombrada, cada una de las pantallas que ponían todos los colores del arcoíris sobre su rostro.