Puntos ciegos

Mientras estudiaba para mi examen teórico de la licencia de conducción aprendí que, cuando manejamos, debemos tener un control de todo lo que sucede a nuestro alrededor. Luego, el profesor que me dio un par de clases prácticas, me dijo que debemos crear un círculo imaginario alrededor de nuestro auto para poder determinar lo que está pasando (y lo que podría pasar) en nuestro perímetro.

Esta persona, de acento colombiano, me dijo que para conseguir esto no debía confiarme de lo que podía ver a través de los retrovisores, existe algo a lo que llaman puntos ciegos que esos pequeños espejos no cubren y que podrían contener información crucial para cualquier decisión que tomemos mientras conducimos.

Eso me recordó que el ojo humano también tiene esos puntos ciegos o ángulos muertos en su campo de visión. Eso lo aprendí en Cuba, cuando me hice aquellos primeros espejuelos que nunca usé y luego lo recordé mientras hacía un curso de fotografía publicitaria.

Hay una parte del mundo que, literalmente, no podemos ver. El problema es que a veces ese ángulo muerto del ojo, al igual que el punto ciego de los retrovisores de nuestro auto, bloquea cosas que realmente no deberían ser ignoradas.

Se dice que es el cerebro quien compensa aquellos espacios que nuestro ojo no alcanza a ver y, como si se tratase de una futurista película de Spielberg, nos construye una realidad, que no lo es, solo para que nosotros, pobres mortales, no nos demos cuenta de que hay pedazos de vida que nos perdemos a diario.

Quizá, de alguna manera inconsciente, nosotros imitamos el comportamiento de nuestro cerebro y comenzamos a construir una realidad para llenar los vacíos que necesitamos conocer pero de los que tenemos poca o ninguna información.

Así, empezamos a crear expectativas con determinado lugar y se nos empieza a mostrar como el paraíso prometido o le inventamos una historia idílica a aquel chico que conocimos hasta que termina por encajar perfectamente en nuestro ideal de pareja o, peor aún, empezamos a crearnos para nosotros mismos una leyenda que termina por aplastar lo que somos realmente y nos ata, irremediablemente, a vivir dentro de la mentira.

Probablemente cuando se trata de esos puntos ciegos que nuestros ojos no pueden apreciar, nuestro cerebro, en vez de mentirnos descaradamente fabricándonos una realidad, solo nos está protegiendo… pero ¿Cómo le podemos llamar a lo que hacemos nosotros mismos cuando nos inventamos todas esas historias para llenar lo que no conocemos sobre alguna cosa? ¿Necesidad de que se nos premie con lo que creemos merecer? ¿Ingenuidad? ¿Irresponsabilidad?