Miradas, gritos, silencios

Una de las principales cosas que aprendemos al nacer es comunicarnos. En esos primeros tiempos lo hacemos básicamente a gritos, con miradas, sonrisas, llantos y hasta con silencios, esos largos silencios que adoran las madres de los recién nacidos y que les sirven a los bebés para  dejarles saber que están a gusto.

Es curioso, pero mientras vamos creciendo, incorporando palabras y aprendiendo a hablar, menos sabemos qué decir o cómo pedir lo que queremos realmente. Es como si junto al lenguaje hablado también aprendamos a simular, a esconder nuestros deseos detrás de las combinaciones de letras que forman las palabras.

Para muchos de nosotros es más fácil decir lo que no se quiere. Después de crecer hablamos pocas veces de nuestros deseos. Probablemente ni siquiera sabríamos qué pedir si ahora mismo nos tropezáramos con aquella famosa lámpara y luego de frotarla el genio nos concediera los tres deseos.

Con los años también perdemos esa capacidad de comunicarnos sin usar las palabras. Todo lo tenemos que clasificar, ponerle etiquetas y nombrarlo con un término, preferiblemente de los que se encuentren en el diccionario.

Por suerte, al final, no podemos evitar hablar de ciertas cosas, salen de nuestros labios como si fueran aves a las que les acabamos de abrir la jaula tras mucho tiempo de encierro. A veces no podemos estar enmudecidos por más tiempo, casi siempre es más el peso que llevamos por lo que callamos que el que creemos que nos vendrá encima luego de hablar.

Hay otras cosas que no mencionamos nunca,  las reservamos y tratamos de guardarlas bajo siete llaves como el más preciado de los tesoros. Pero – así son los secretos de traviesos – de cuando en cuando, no siempre, algunos hablan por sí solos y  se asoman, cómo cuando éramos bebés, en una sonrisa, una mirada, un grito o un inmenso silencio.