Romeo y Julieta

El post que escribí hace algunas semanas sobre mi primera visita al teatro en Miami, me ha traído a muchos amigos que son protagonistas de esa manifestación en la ciudad. Ha sido una sorpresa ver cuántas personas apuestan por ese arte que le da un toque distinto a las noches de la Ciudad del Sol.

Estar conversando durante estos días con algunos de ellos me ha hecho recordar mi primera historia con el teatro. Cuando estaba en la secundaria en la clase de literatura tuvimos que estudiar la obra Romeo y Julieta, el clásico de Shakespeare. Algo complicado y retorcido para adolescentes que conocían poco o nada de la vida y del amor.

Para ganarnos algunos puntos con la dirección y con el fin de que entendiéramos de que se trataba en realidad la obra, a mi profesora se le ocurrió que debíamos dramatizar aquello y presentarnos en un concurso municipal. Imagínense, nosotros, pobres alumnos de un más pobre municipio habanero haciendo un clásico de Shakespeare.

Al chico más popular del aula – que, evidentemente, no era yo – le tocó el papel de Romeo y, para variar, Julieta fue la niña más linda que yo había visto hasta ese momento. Yo andaba medio enamorado de ella y, solo con la intención de estar donde estuviera la chica, entré a aquella “puesta en escena” como una especie de asistente de dirección.

La profesora, una señora de más de sesenta años a la que todavía recuerdo por la mezcla de dulzura e inteligencia con la que conducía sus clases, quería darle un toque moderno a la obra. Aquella especie de versión que debíamos hacer de Romeo y Julieta era motivada más por el deseo de que la mitad de la escuela no se quedara dormida en una puesta que pasaba de las dos horas, que por la necesidad de corregirle algo a su autor.

Hicimos aquello que en Cuba se llama “trabajo de mesa” y yo, con la intención de impresionar a mi Julieta y viendo que no tenía muchas posibilidades de ganar en cuanto al físico frente a aquel Romeo por el que todas las muchachas de la escuela suspiraban, decidí convertirme en el chico profundo e inteligente.

Le dije a la profesora, frente a todos, que Julieta era un poco idiota. Para empezar, se enamora del único hombre en la historia que sabía que no podría alcanzar y luego culpa al destino por su propia mala elección. Definitivamente, decirle “idiota” al personaje de la chica a la que quería impresionar no fue una decisión muy sabia pues no me dirigió la palabra en lo que quedó de curso.

En cambio la profesora me dejó una lección que aún conservo conmigo. Me dijo que cuando aparece el amor casi nunca tenemos la opción de elegir. Pocas veces podemos decidir a quién amamos y, mucho menos, calcular riesgos y consecuencias. Es algo regido por esa cosa que pocos sabemos definir y a la que muchos llamamos “destino”.

Aún era un adolescente y ni siquiera me afeitaba el rostro pero creía que sabía todo de la vida. El amor, para mí, se basaba en tomar decisiones y el destino no tenía nada que ver en ello, todo el mundo cree que es tan romántico… Romeo y Julieta, amor verdadero… ¡Qué triste! Si Julieta era lo suficientemente tonta como para enamorarse del enemigo y fingirse muerta bebiéndose una botella con una poción para quedarse dormida en un panteón esperando por su amor, se merecía lo que le ocurriera.

Quizá Romeo y Julieta estaban destinados a estar juntos, pero solo durante un tiempo y luego todo terminaría. Si hubiesen sabido eso de antemano a lo mejor todo habría ido bien. Le dije a la profesora que cuando creciera tomaría el destino con mis propias manos, no dejaría que nadie me deprimiera al punto de llevarme a un final corta venas como el de la obra de teatro que intentábamos representar.

Todavía creo que, generalmente, el amor sí funciona con elecciones. Se trata de dejar la poción en la botella, no entrar al panteón y crear tu propio final feliz casi siempre. Pero a veces te descubres amando a una persona sin haberla elegido. El destino sigue ganando, incluso con las mejores decisiones y con las mejores intenciones.