Silencio

Las palabras están sobrevaloradas entre nosotros. Creo que les he escrito antes sobre eso. Cuando no hay mucho que podamos decir o, por el contrario, cuando queramos decir muchas cosas para las que las palabras se nos quedan cortas, lo mejor es el silencio.

Éste fue un viernes bastante típico, de los que ya saben que vivo por aquí. Reunión y cena familiar, conversación interesante, muchas risas y hasta alguna que otra reflexión, si chicos, en mi familia a veces nos ponemos profundos.

La comida fue exquisita. Mi cuñada se esmeró y sacó la mitad cubana que lleva en su sangre. Nos cocinó una cena que bien podría haber salido de cualquiera de los restaurantes de La Habana. Incluso el postre me llevó hasta la isla: Pudín con pasas. No lo había comido en mucho tiempo.

Cada vez que podemos reunirnos todos, cosa que pasa bastante a menudo, es un verdadero regalo. Disfruto segundo a segundo el tiempo en que puedo disfrutar de toda la familia junta, pero hoy solo quería un poco de silencio.

No les puedo definir por qué razón deseaba tanto este silencio que tengo ahora cuando les escribo. Quizá estaba cansado, quizá nos cogió la madrugada en medio de la charla o quizá solo quería estar un tiempo conmigo, sin risas, sin conversaciones, sin ellos.

También pudo haber sido que tenía muchos deseos de escuchar un CD que me traje de Cuba y que, tampoco sé por qué, me recuerda a una adolescencia que nunca tuve y me inventé años después con la única esperanza de crear un recuerdo de aquellos momentos en los que uno podía soñar con letras como las de este disco sin pecar de tonto o de ingenuo.

Tal vez no era silencio lo que necesitaba, al menos no una mudez total, sino una ausencia de voces, probablemente solo quería en esta noche de viernes recostarme en mi cama, disfrutar del olor de las sábanas recién lavadas, dejar que la luz de la luna llena entrara, solo un poco, por mi ventana y escuchar canciones como ésta.