Superstición

En la Habana Vieja, allá en nuestra isla de Cuba, hay una estatua a la que se le atribuyen poderes mágicos, la de El Caballero de París. Él fue uno de esos locos cuerdos que deambulaba por la calles de la ciudad como si fuera un caballero andante, con capa y todo. Un acento muy peculiar lo acompañaba y una extraña lucidez también, a pesar de que no era más que un vagabundo que dormía en los grandes portales habaneros.

Muchos años después de su muerte se le hizo aquella estatua y se erigió como uno más de los símbolos habaneros. No sé por qué las personas creen que tocarle la barba a la estatua de El Caballero de París da buena suerte, lo cierto es que siempre está reluciente de la cantidad de manos que la acarician con la intención de que se le conceda algún deseo.

Tenía un amigo en Cuba que iba cada semana a pedirle a la barba de la estatua que le consiguiera alguien que lo sacara del país. No tenía ninguna especificación que hacerle al “caballero”, le daba lo mismo que fuera un hombre, una mujer, más joven o más viejo. Lo único que tenía claro era que no lo haría en una balsa y, por supuesto, que no pagaría sus gastos de viaje.

Hubiera sido más sensato que se acogiera a la Ley de Nietos (su abuelo era español) y sería una manera segura y bastante simple de poder salir de Cuba, pero no, el confiaba casi ciegamente en que el resplandor de la barba de El Caballero de París haría que cualquiera de los cientos de turistas que andaban a sus alrededores se fijara en él y comenzaría a vivir su propia historia a lo “Pretty Woman”.

Mi amigo todavía está en Cuba y creo que aún sigue con su tradición. No lo critico, creo que cada uno de nosotros tiene sus propias supersticiones, esas pequeñas cosas que aprendemos desde pequeños y que repetimos, a veces, hasta inconscientemente. Si no es creer en estatuas mágicas es no pasar por debajo de los carteles o las escaleras, esquivar a los gatos negros o siempre poner el pie derecho primero al levantarse. ¡Toquemos madera! Lo último que queremos hacer es ofender a los dioses.

La superstición está entre lo que podemos controlar y lo que no. Que a nadie se le ocurra romper un espejo o abrir un paraguas dentro de la casa, eso puede traernos años de mala suerte ¿Realmente alguien estará pendiente de lo que hacemos para luego castigarnos? Y si nadie lo está… ¿Por qué nos preocupamos en hacer esas cosas tan extrañas?

Creo que nos apoyamos en las supersticiones porque somos lo suficientemente inteligentes como para saber que no tenemos todas las respuestas y que la vida hace cosas misteriosas. No importa de donde vengan esos rituales tan raros que hacemos con tal de ganarnos el favor de la suerte.

Da igual si nos los enseñaron nuestros abuelos o si los aprendimos mientras fuimos creciendo. Lo importante es que nos ayudan a sobrellevar la vida y a pensar que tenemos derecho a un pedacito de esa buena suerte que, creemos, anda repartida por el mundo y que, casi nunca, llega a nuestras manos.