Limbo

Separación

Photo by Orlando Luis Pardo Lazo

Creo que voy perdiendo a Cuba con cada día que paso en Miami. Me doy cuenta por fechas importantes que he pasado por alto por estar ocupado en otras menos trascendentales pero propias de mi nueva vida en esta ciudad. También me van haciendo menos falta los lugares a los que acudía con frecuencia en La Habana y se me van desdibujando los rostros de las personas menos cercanas.

Lo curioso es que, con ese alejamiento de Cuba, no me voy acercando más a Estados Unidos ni a Miami. Conforme voy perdiendo aquellos lugares y esos rostros no voy asumiendo otros nuevos, sino que entro en una especie de limbo, en un lugar como una de esas casas del horror – tan populares por estos días – en las que no puedes ir hacia atrás pero tampoco tienes claro hacia dónde te diriges.

Creo que todos los que han empezado su vida fuera de Cuba han tenido etapas como ésta pero, aun así, el consuelo de que es algo vivido por muchos no me da más ánimo. La sensación de estar en tierra de nadie es desagradable, el haberte arrancado tú mismo de la manera más brusca posible de tu país te deja sin culpables a quienes pedirles cuentas por lo que sientes.

Tengo claro que esto es solo una fase y que en algún momento pasará, estoy preparado para eso. Mi tía, que pasa unos días con nosotros y que tiene una de esas sabidurías a las que los estudiosos llaman “popular”, dice que los que nos vamos de Cuba somos como las plantas cuando las trasplantamos de un sitio a otro.

Debemos arrancarlas con la mayor parte de las raíces – aunque siempre quedan restos en el suelo viejo – luego las ponemos en un “naylito” o en una maceta provisional para llevarlas de un lugar a otro y, por último, cuando hayan prendido en ese pedacito de tierra, rompemos el envase temporal y las ponemos – con tierra y todo – en el suelo nuevo en donde crecerán definitivamente.

Con el tiempo darán flores y frutos, quizá no tan coloridas o tan dulces como los que pudieran dar en la tierra original, pero flores y frutos al fin.