Invierno

Aquí en Miami estamos casi estrenando el invierno. Aunque las temperaturas no se mantendrán bajas por muchos días, será un buen pretexto para desempolvar los abrigos – o salir a comprarse uno nuevo- y disfrutar del aire frío que choca contra nuestra cara mientras caminamos. En esta ciudad, donde el calor es tan pegajoso como en Cuba, es una bendición contar con estos días frescos.

En la isla se vivía el invierno también como una especie de fiesta. Mi abuela le llamaba el “carnaval del pobre” porque las personas que no tenían un amplio guardarropa para esta temporada, que éramos casi todos, debían usar el único abrigo que tuviesen, independientemente de su color y del de la ropa que usaran debajo. Así se daban combinaciones tan inauditas como el azul con el carmelita o el morado con el amarillo.

Para mí, mientras viví en la isla, estos días de invierno eran un delicioso descanso del calor agobiante que siempre teníamos por allá. Disfrutaba muchísimo caminar por el Malecón cuando entraba un “norte”, como también se le dice a los frente fríos en Cuba, y ver como salpicaban las olas a veces cruzando la avenida hasta la acera de enfrente.

También eran los mejores días para montarse en las guaguas, siempre atestadas de gente, o en los extintos “camellos” que nos movían de un extremo a otro de la capital cubana. El carácter de las personas cambiaba, éramos menos eufóricos, menos agresivos, más introvertidos y eso hacía que tuviéramos un toque de europeos, de nórdicos.

No a todos los cubanos les gustaba el invierno y cada uno tenía sus propios motivos. Desde no tener una ropa apropiada para cubrirse del frío hasta no poder ir a la playa, todas las razones podían servir para esos eternos enamorados del calor tropical.

Muchos que disfrutaban, al igual que yo, los escasos días de invierno que tenemos en Cuba, cuando han emigrado a países realmente invernales añoran cada pedacito de sol tomado en la isla y le han dado la espalda a la estación que les dejaba tomar un poco de aire fresco en medio del calor del trópico.

Yo, hasta ahora, solo he tenido verano eterno con unos pocos días de invierno intercalados, quizá sea por eso que los disfruto como si fueran un regalo divino. Creo que la clave, como en todo, está en el equilibrio.

Para que podamos disfrutar del invierno debemos tener antes un verano radiante y cálido, de esos que nos llevan a ser más ligeros, de ropa y de alma. Pero para poder deleitarse con ese verano en todo su esplendor debimos haber tenido –y tener la certeza de que tendremos otra vez- un invierno que nos haga abrigarnos y acurrucarnos buscando un poco del calor del verano que antes tuvimos.