Sueños

Muchos creen que los sueños de casi todos probablemente encajen en un esquema parecido a éste: seremos felices mientras tengamos salud, alcancemos nuestras metas, encontremos al chico – o a la chica, según prefieras – terminemos una carrera y consigamos el trabajo que nos gusta y que, además, nos permita ganarnos la vida y disfrutarla.

Ese es el sueño. Entonces lo conseguimos y, si somos humanos, inmediatamente empezamos a soñar de nuevo porque nuestras metas casi siempre se van alejando mientras más nos acercamos a ellas. Nuevos sueños se van incorporando en el camino y nos empujan la línea en donde podamos llegar y descansar felices.

En algún punto quizá el sueño se convierte en pesadilla. Intentamos convencernos de que la realidad es mejor, nos repetimos que es preferible no soñar jamás. Pero los más fuertes de nosotros, los más determinantes, nos agarramos a esa ilusión – con rostro de pesadilla ahora – con uñas y dientes, le ponemos colores y música alegre y la convertimos en esa materia de la que está hecha la vida.

A veces pasa que nos encontramos a nosotros mismos enfrentados a un nuevo sueño que nunca habíamos considerado, uno de esos que se nos pega mientras perseguimos a otros y que, nunca más, nos abandona. Es como si apenas nos despertáramos sólo para volvernos a encontrar, contra todo pronóstico, llenos de esperanzas.

Si tenemos suerte, nos damos cuenta de que contrario a ese esquema en el que creemos que caben los sueños de casi todas las personas, contrario incluso a todas las adversidades que nos pone la vida y hasta contrario a esa idea absurda de llegar a una meta, el verdadero sueño es ser capaz de soñar.