Consejos

Cuando intentamos ser buenos amigos es inevitable caer en esa posición tan incómoda de dar consejos.  Muchas veces terminamos simplificando las cosas y caemos en la tentación de decir lo que deben hacer con su vida como si fuera nuestra: “termina con él” “este es el mejor trabajo” “es mejor que compres la ropa en esta tienda”.

Es fácil dar una solución rápida cuando no entendemos demasiado el problema, no conocemos los daños colaterales, no calculamos las consecuencias – pues no las padeceremos – o, simplemente, no sabemos qué tan profunda que es la herida de nuestros amigos.

El primer paso para el mejor consejo es saber con detalles del problema que nos cuentan, pero ahí tenemos una contradicción porque, por lo general, nunca tenemos todos los elementos para llevarnos una idea exacta de la situación. Muchas veces nuestros amigos no nos cuentan toda la verdad o, peor aún, no quieren escuchar que le digamos toda la verdad.

Se supone que tenemos que olvidar lo que nos trajo aquí, ignorar las complicaciones futuras que puedan surgir, e ir directamente al “abracadabra”, a esa solución mágica que los hará resolver sus problemas y hacerlo de la mejor manera posible. A veces nos piden que les digamos el consejo que ellos quieren escuchar aun cuando, por estar viéndolo desde afuera, sabemos que no es el más correcto.

Como amigos, como seres humanos, todos intentamos hacer las cosas lo mejor que podemos, pero la vida está llena de giros inesperados y justo cuando parece que tu barco llega a puerto, la tierra bajo tus pies se mueve y te tira al suelo. En ese momento estarán siempre los amigos de verdad para ayudarte a levantarte.

Si tienes suerte solo te harás un moratón o un cortesito que podrás tapar con una simple curita, sin necesidad de consejos, de amigos o de verdades incómodas dichas al oído, pero algunas heridas son más profundas de lo que parecen en un principio y se necesita más que un “abracadabra”. Con algunas te tienes que quitar la curita, dejarlas que tomen el aire y darles tiempo para respirar.

Los buenos amigos son los que te quitan la curita de un tirón, procurando que te duela lo menos posible pero sin entrar en el juego de la lástima, soplan tu herida y te aguantan la mano mientras pasas el dolor de las curas. Los buenos amigos jamás dejarían que una herida cerrara en falso, los buenos amigos saben que, a la larga, siempre tendrán que soplar un poco más tu herida y sostener por mucho más tiempo tu mano.