San Cristóbal de La Habana

San Cristóbal de La Habana

San Cristóbal de La Habana, Cosme Proenza

Ayer me escribieron algunos amigos pidiéndome que les contara un poco más acerca de la Ciudad de La Habana. Luego de escribirles sobre la tradición de darle tres vueltas a la ceiba el día de su fundación, se quedaron con una incógnita sobre la capital de la isla en que nací: ¿Por qué les decía que, originalmente, se llamó San Cristóbal de La Habana? ¿Qué tenía que ver esto con lo que ha sido después nuestra capital?

Para los que piensan que un nombre nos marca lo que será nuestra vida futura, este azar de la vida se los confirmará. Lo de “La Habana” aparentemente vino por la manera en la que los españoles creían que llamaban los aborígenes cubanos a aquella región, lo de San Cristóbal fue simplemente porque era el santo que regía el día en que se fundó la villa.

El que se haya escogido ese nombre es una de esas coincidencias que nos hace repensar si realmente nosotros mismos marcamos el destino nombrando sitios o personas de una u otra manera. Los seguidores del libro El Secreto, del que ya les he hablado, pensarían que siglos atrás se dispuso ese nombre para la ciudad y el Universo se puso en consonancia para que la vida de los dos San Cristóbal – el santo y la capital – tuvieran tantos puntos en común.

San Cristóbal, según la tradición católica, fue un hombre real, de gran estatura que, luego de varios avatares en su vida, se dedicó a ayudar a las personas a atravesar un rio a cambio de algunas monedas. Dentro de esa especie de asignación de oficios que tiene la Iglesia Católica para con sus santos, San Cristóbal es – no podía ser de otra – el de los transportadores y los viajeros.

La leyenda sigue y se pone interesante cuando un día Cristóbal – entonces todavía no era “San” –  estaba en su faena diaria de cruzar personas de una orilla a otra del río y un niño le pide que lo ayude. Éste acepta sin cobrarle las habituales monedas.

Mientras atravesaba el río con el niño en hombros, comienza a sentir un peso enorme, según las palabras que pone la Iglesia Católica en la boca de San Cristóbal, como si estuviera cargando con todo el peso del mundo. Cuando éste increpa al niño sobre cómo era posible que en tan poco tiempo pesara tanto, el niño le contesta que él es Cristo y que, por supuesto, llevaba sobre sí el peso de todo el mundo.

La Ciudad de La Habana – ¿Quién lo pone en duda? – ha sido la que ha ayudado a millones de cubanos a cruzar el río, no ese estrecho que nos separa de esta península en donde vivo ahora, sino el grande, el enorme que nos separa de lo que los cubanos englobamos dentro de esa palabra que significa todos los sitios juntos y ninguno en específico: afuera.

La capital de Cuba también siente, desde hace mucho, que lleva sobre sí el peso de todo el Universo. No solo se ve en sus columnas agrietadas o en las heridas verdes en forma de musgo que se le abren a sus edificios, el San Cristóbal de La Habana de hoy lleva sobre sí el mayor peso que jamás imaginó cargar: el de ser, a la misma vez, ala y ancla de los cubanos, puerta y puente, orgullo y desesperanza.