Puerta

Hay momentos en los que todo se resume en abrir o cerrar una puerta, en pasarla o quedarnos parados en el mismo sitio. También es cierto que, muchas veces, no basta solo con atravesar el umbral, en ocasiones hay que encerrarnos y proteger bajo siete llaves ese pequeño espacio en el que nos encontramos.

Tengo la certeza de que mi día de ayer tuvo una línea divisoria, casi que puedo ubicarla con exactitud de segundos. Tal vez fue una de esas puertas que se abren o se cierran dejando nuestros espacios divididos, irremediablemente, en adentro o afuera.

Antes de esa línea – o de esa puerta – mi día estuvo en cámara rápida, como esas divertidas películas de Charles Chaplin en las que todos los personajes se mueven a una gran velocidad, dándole un aspecto de caricatura a la escena más dramática.

De la farmacia al mercado, desde el Banco hasta encontrar un taller para hacerle algún arreglo a mi carro, en fin, una tremenda agitación hasta que llegó el mediodía. A partir de entonces la tarde se hizo tremendamente lenta. Todo rastro de agitación cedió frente a una aparente calma, a una especie de despreocupación por el tiempo.

La velocidad de mi día cambió, a partir de entonces tomó la de esas terribles escenas románticas, esas en donde dos enamorados corren el uno hacia el otro pero que no acaban de alcanzarse o, peor aún, esas en las que van a asesinar a alguien y la víctima no acaba de enterarse porque cada segundo se dilata hasta la eternidad.

De pronto, todo rastro de apuro o de preocupación por el tiempo cedió ante una calma abrazadora – nunca mejor empleada esta palabra – la tarde se convirtió en una inmensa tarde, lenta, sin prisas, sin preocupaciones. Por momentos me pareció que podría estar en La Habana, allá en la isla todo sucede así, en cámara lenta.

A veces es buena idea salirse del encierro de las siete llaves, dejar que el sol – real o ficticio – te haga entornar un poco los ojos en medio de uno de esos deja vú con que la vida nos premia de vez en cuando, una de esas escenas en las que tenemos la extraña sensación de que la hemos vivido pero solo podemos anticipar lo que va a suceder fracciones de segundo antes de que, inevitablemente, ocurra.