Derechos escondidos

Poco antes de venirme a vivir a los Estados Unidos estaba recogiendo todos los documentos, las fotos y los papeles familiares para traérmelos conmigo. En una pequeña cajita que mi abuela guardaba con especial celo, cubierta por las medallas ganadas durante los primeros años de la revolución y decenas de carné de distintas organizaciones, escondida y cuidadosamente doblada, encontré la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

El papel ya estaba amarillento y las letras, impresas en un tamaño mínimo, apenas se leían. En ese momento pude recordar que aquello lo había llevado mi hermano mayor y abuela, protectora y previsora, lo había guardado bajo siete llaves para evitar que lo sorprendieran con tan “peligroso” documento mientras estaba en sus años de Servicio Militar.

Me llamó mucho la atención que guardara tanto ese papel que, definitivamente, consideraba peligroso. ¿Por qué no lo rompió? ¿Por qué no lo quemó? No tengo respuestas para eso. Quizá creía que era importante conservarlo o a lo mejor pensaba que, en aquellos tiempos, unos rastros de papeles quemados en la basura de nuestra casa podrían ser demasiado sospechosos.

Décadas atrás en 1948, cuando mi madre aun no asistía a la escuela, se reunieron representantes de la mayoría de los países que componían la recién estrenada ONU para redactar la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El mundo recién se había librado de una Guerra Mundial echada a rodar por un pensamiento exclusivo y excluyente.

En esa Declaración se estipularon, a través de treinta artículos, los derechos que tenemos cada uno de nosotros por la simple condición de ser seres humanos, sin ninguna distinción. A pesar de que fue aprobada por la mayoría de los países, muchos de ellos se comportaron de manera hipócrita en el momento de respetar los derechos de sus ciudadanos.

Se consideraban personas de una menor categoría a las de distintas razas, religiones y, por supuesto, a los que ostentaban una distinta orientación sexual. Ahí comenzaron las luchas y las campañas de cada sector porque se reivindicaran sus derechos, firmados de antemano por sus gobiernos en un compromiso de carácter internacional.

Poco más de sesenta años después, las pautas establecidas en tan famoso documento aún siguen siendo irrespetadas por muchos gobiernos. Más allá de las noticias que llegan a los titulares está ese inmenso drama que viven las personas que han sido privadas de sus derechos más esenciales.

No hablo solamente de los derechos más reconocidos en occidente, como son la libertad de expresión, el derecho a la propiedad o aquel tan famoso que estipula que toda persona involucrada en un proceso penal es inocente hasta tanto se pruebe lo contrario.

Hablo de aquellos países en donde aún persisten las penas que incluyen torturas y hasta la muerte por el solo hecho de ser homosexuales o el trato indignante que se les da a las mujeres, las que son consideradas ciudadanas de segundo nivel por su sola condición sexual.

Sería bueno que no se siguiera discriminando a las personas por ser blancos, negros o latinos. Sería ideal que las mujeres y los hombres tuviéramos igualdad de derecho en todos los sitios de este mundo y que cada quien pueda decir lo que piensa sin temor a las represalias.

Estaría bien que no se siguieran condenando a los homosexuales a encarcelaciones, torturas y hasta a la muerte, pero estaría perfecto que llegara el día en que una abuela no tengan que guardar, celosamente, la Declaración de los Derechos Humanos por temor a lo que pueda sucederle a uno de sus nietos si le encuentran en su poder ese documento.