Mi primera función de ballet

Hacía muchos años que no iba al ballet, incluso mucho antes de que saliera de Cuba no asitía a un espectáculo de los que brindaba el Ballet Nacional de Cuba, casi siempre en la Sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana.

Anoche fui a mi primera función de ballet en Miami. Mi sobrina más pequeña ha estado tomando clases durante los últimos meses y ya le tocó su primera presentación en un escenario. Estábamos, casi toda la familia, pendientes de ver a esa personita mínima dando sus primeros saltos frente a decenas de personas.

Confieso que, aunque disfruto mucho del ballet, sobre todo en el teatro, no soy de los experimentados que conocen los nombres de cada movimiento y hasta a los bailarines o coreógrafos que los crearon. Apenas si he visto en mi vida poco más de una decena de obras, fundamentalmente de los clásicos, casi todas interpretadas por la compañía de Alicia Alonso.

Recuerdo, como si hubiera sucedido ayer, la primera función a la que asistí, casualmente no fue ni en el Gran Teatro de La Habana ni por el Ballet Nacional de Cuba, fue una versión de El lago de los cisnes, interpretada por otra compañía cubana y puesta en el Teatro Nacional, ese que custodia uno de los laterales de la famosa Plaza de la Revolución.

Como nunca antes había asistido, acordé con mi acompañante que, si no me gustaba, nos levantaríamos en el intermedio y saldríamos del teatro. Por aquellos años no tenía la paciencia ni la madurez necesarias para disfrutar de la compañía de una persona interesante por el simple hecho de serlo.

Apenas subió el telón y apareció el cuerpo de baile, quedé fascinado. Todos parejitos, las luces, la escenografía y la música, aquella increíble música compuesta muchos años antes por el ruso Tchaikovsky, hicieron que me quedara hasta el final disfrutando con cada uno de los cinco sentidos.

Mi primera función de ballet, aquí en Miami, tal vez me haya impresionado tanto o más que aquella del Teatro Nacional. Haber podido ver a mi sobrina, tan pequeñita, vestida con su “tutú” y sus zapatillas de punta, con una eterna sonrisa dibujada en el rostro durante todos los minutos que duró su presentación, es otra de esas imágenes que guardaré para siempre conmigo.

Fue un enorme privilegio haber podido ser parte de ese momento que estoy seguro no olvidará, aun cuando un día cambie sus zapatillas de ballet por cualquier otra cosa o no pueda recordar el color del traje que lució anoche.

Cuando la melodía que bailó sean apenas unos acordes escondidos en su memoria infantil, ella recordará que estuvimos todos allí, aplaudiéndola como si fuera la más virtuosa de las bailarinas, recordará que tuvimos el valor de creer y apoyar su sueño y eso, se los aseguro, es algo de lo que estaré eternamente orgulloso.