San Lázaro

Mientras les escribo esto, muchos de los cubanos que conozco están esperando el día de San Lázaro, uno de los santos que más devotos tiene entre mis coterráneos. Se dice que es muy milagroso, quizá por eso sus fieles le hacen promesas que casi rondan con la tortura.

San Lázaro es también el nombre de una de las principales calles de la capital de Cuba, esa que nos lleva casi desde La Habana Vieja, en su borde con Centro Habana, hasta las mismísimas escalinatas de la Universidad, a pocos metros de la esquina de 23 y L.

Una de las pocas familias lejanas que me queda en la isla vive en la calle de San Lázaro. Creo que he estado un par de veces en aquella casa en que, luego de subir por unas escaleras oscurísimas a cualquier hora del día, se puede respirar el aire que llega desde el Malecón habanero.

La calle, al igual que el santo, también ha recibido sus promesas. Cada muro caído, cada balcón consumido por el salitre y la escasez, cada edificio que ha muerto junto con las historias de las familias que lo habitaban ha sido una de esas ofrendas en forma de tortura que le han lanzado.

No sé si ella será igual de milagrosa que él, pero los dos tienen en común las heridas, las llagas y las cicatrices, también los perros callejeros que inútilmente lamen las lesiones, ensangrentadas del santo o de cemento y ladrillo de la calle, con una extraña devoción.

Apenas estuve una vez en el Rincón de San Lázaro, en Santiago de las Vegas y muy pocas veces recorrí a pie escasos tramos de la avenida habanera, tocaya del santo. No soy devoto y tengo muy poquita fe en cualquier cosa que no pueda construir con mis propias manos, aun así quisiera pedirle algo a los dos, el santo y la calle: Salud, libertad y amor, para mí, para mi familia y para todos ustedes.