Sobreviviendo a la Navidad

Nunca había vivido unas fechas de fin de año como las que estoy viviendo ahora, tanto ajetreo, tanta planificación, tantas compras. Es una especie de efervescencia, de locura colectiva. Las personas van de un lado a otro intentando conseguir mejores precios, mejores ofertas, el regalo perfecto o ese último presente que se nos ha quedado olvidado.

Si sobrevivimos a las Navidades, nuestra recompensa debería ser el Año Nuevo, ese que trae la gran tradición de los nuevos propósitos, ya saben, la dieta que nunca empezamos, algún que otro viaje improbable, mejorar en el trabajo… Es difícil que podamos resistirnos a la oportunidad de un nuevo comienzo, una oportunidad de dejar los problemas del último año en el pasado.

¿Quién puede determinar cuándo termina lo viejo y empieza lo nuevo? No es un día del calendario, ni un cumpleaños, ni el Año Nuevo. No existe esa línea, firme y clara, que nos deje saber que antes de ella todo es viejo y luego de ella todo será nuevo.

La división la marca un suceso, grande o pequeño, algo que nos cambia. Lo ideal, sería que nos diera esperanza para una nueva forma de vivir y ver el mundo. Dejar que se vayan los viejos hábitos y los viejos recuerdos.

Lo importante es que nunca dejemos de pensar que podemos tener un nuevo comienzo, da igual si es en enero, en abril o este mismo sábado, pero también es importante recordar que entre toda la basura hay algunas cosas que realmente vale la pena mantener, que no todo lo que es nuevo es bueno, ni todo lo viejo lo debemos dejar atrás.