Mensaje en clave morse

Mensaje en clave morse

Ahora que la algarabía de las fiestas va bajando, siento que me voy alejando, en un paso lento pero constante, de los amigos que dejé en La Habana. Hace muchos días que no sé de ellos, ni siquiera esta avalancha de llamadas y correos de fin de año me han traído noticias frescas desde la isla.

Mis amigos, de vacaciones forzadas en sus trabajos y en las escuelas, han estado alejados de los correos electrónicos que pueden usar por allá, eso me ha dejado sin casi nada que saber de ellos.

Cierto es que podía haberlos llamado, pero son tantos – o mi dinero tan escaso – que no me arriesgué a escoger solo a uno para llamarlo y conversar un poco. Aun así, me están haciendo falta por estos días.

Han pasado poco más de ocho meses desde la última vez que nos vimos y ese es muy poco tiempo en Cuba, pero es mucho tiempo para alguien que llega de la isla a vivir en Miami.

Mientras ellos allá siguen en la lucha por sobrevivir en un país tan difícil como el nuestro, yo aquí he aprendido tantas cosas, he vivido tantos días que, inevitablemente, estoy muy lejos de ser el mismo que despidieron en la primavera pasada.

Recuerdo el pánico que me daba manejar, o la preocupación que tenía por conseguir trabajo o hasta los enredos que me daba con cada documento que tenía que hacer en este país. Hoy manejo casi por inercia y, pocas veces se me pierden las calles, tengo el gusto de trabajar con personas encantadoras y ya lleno solo cada aplicación de las tantas que se hacen por acá.

Cosas que en Cuba me parecían tan lejanas como depositar un cheque en un cajero electrónico o atender a personas en un idioma que no es el propio, ya van siendo parte habitual del diario. Mis amigos, por su parte, siguen siendo los mismos que despedí. Cada uno de ellos mantiene sus mismos planes, un novio más o uno menos, un problema más o uno menos, pero básicamente son los mismos.

Espero que, junto con tantas otras cosas que me ha quitado este viaje, no me quite también a esos  que estuvieron conmigo todos estos años en Cuba, los que compartieron los buenos y los malos momentos, los que me tendieron una mano y los que me dieron la oportunidad de sentirme capaz de ayudar a alguien.

Ahora que las coronas de flores en las puertas van desapareciendo poco a poco y las luces de los árboles de Navidad comienzan a apagarse, quisiera poder dejar encendida al menos una de las que han tintineado en mi casa en las últimas semanas. Sería bueno poder mandarles, a través de ella, un mensaje en clave morse a mis amigos en Cuba. Si eso fuera posible el mensaje sería: “Los quiero mucho, cuídense”.