Y a ti…¿No te hace falta Cuba?

Trabajar en un lugar como en el que día a día intento ganarme la vida es realmente gratificante. No solo porque lo hago con personas excelentes sino porque me permite interactuar con gente de casi todas partes del mundo, descubrir los distintos acentos del inglés y el español y conocer a personas con gustos y costumbres totalmente diferentes.

Ayer nos visitaron una pareja de hermanos en esas edades en que resulta difícil poder definirlos como niños o como adolescentes. Ella era la mayor y estoy seguro de que apenas rebasaba los doce años, el chico era super despierto, con nada de timidez y con una manera bien directa de abordar a las personas, ambos eran boricuas.

Estos chicos de los que les cuento llegaron pocos minutos antes de que cerráramos y a esa hora solo nos queda bromear un poco con los clientes que van llegando para que no se nos note el cansancio de todo un día de trabajo. Con ellos todo comenzó por el idioma, pues nos pidieron que los atendieramos en español y nosotros les dijimos que hablábamos como cinco lenguas.

Mientras mi compañera y yo inventábamos palabras con acentos de otros países para intentar engañar a  los pequeños y quedar como personas cultas en inteligentes, ellos nos saludaron en francés y hasta en alemán, mucho más de lo que nosotros pudimos hacer. Cuando descubrieron que yo era cubano comenzaron las preguntas.

La primera, que me sorprendió mucho viniendo de unos niños, fue si yo me había escapado de Cuba. Me hicieron pensar un poco pero finalmente les dije que, de alguna manera, todos los cubanos nos escapamos de la isla, unos de una forma más drástica, como los que vienen por el mar y otros de una manera más solapada, en aviones y con una pequeña maleta en la que apenas podemos traernos las cosas que creemos más importantes para comenzar una nueva vida.

Los chicos nos contaron que estaban de vacaciones en Miami y que no entendían como podíamos vivir aquí pues estaban muy aburridos. Según sus propias palabras, su principal distracción en estos días sin escuela había sido Facebook, nada de Seaquarium ni Metro Zoo ni los grandes parques que pueblan la ciudad habitualmente.

Luego de pedirnos, con ese acento tan musical que tiene la gente de Puerto Rico, que no nos convirtiéramos en “gringos” porque, según ellos, eran muy estirados, me hicieron la pregunta del millón: “¿No te hace falta Cuba?”

Por primera vez en los ocho meses que llevo viviendo en Miami, sentí la nostalgia por la isla pesándome sobre los hombros. Todo me vino de golpe, casi que pude tocar las conversaciones con los amigos, las calles, el ruido de La Habana, los parques, los colores, los edificios, el olor de los teatros, la música, el calor sofocante, todo se hizo palpable en esas cinco palabras pronunciadas desde la inocencia que lleva quien a duras penas puede rebasar una década de vida.

Les confieso que se me hizo un nudo en la garganta. Esa pregunta lanzada desde unos ojos que apenas han visto paisajes más allá de su casa, nacidos probablemente en este siglo que para mí sigue siendo nuevo aunque ya haya despedido sus primeros diez años y hecha con una extraña mezcla de ingenuidad y profundidad, me dejó sin palabras por unos interminables segundos.

Esa parejita de hermanos me hizo comprender que siempre vamos a necesitar el lugar donde nacimos. Por más que queramos meternos de lleno en esta sociedad y cubrir nuestra piel con una gruesa capa de “no nostalgia”, somos cubanos y emigrados, eso pesa más que cualquier otra cosa.

Les respondí, como pude, intentando regalarles una sonrisa. Claro que me hace falta Cuba, tanto como a ellos les hacía falta su San Juan en aquella isla que, junto a la nuestra, el poeta se empeñó en unir en las dos alas de un pájaro.

Ellos regresarán a su casa en unos días, volverán a su rutina de siempre entre la escuela y los juegos. Nunca sabrán que sus palabras y sus grandes ojos llenos de preguntas sobre mi país, descargaron en pocos segundos una ráfaga de recuerdos y de nostalgias por mi casa, mi ciudad y mis amigos.

No sabrán nunca que, gracias a ellos, cambié mis planes y algún día regresaré a Cuba. Espero que para ese entonces aun quede en pie algo de lo que recuerdo.