Lo que aprendí en la casa de Martí

Por aquellos años 80, en los que aprendía a leer, me obsesionaban los carteles en cuanto sitio público pudiera encontrarlos. Recuerdo que desde la guagua iba leyendo cada uno de los nombres de las tiendas y de las inmensas propagandas que llamaban a la lucha y al esfuerzo.

Los letreros lumínicos de los comercios, poco a poco, fueron desapareciendo, pero las propagandas siguieron en una orgía interminable de letras rojas, azules y verde olivo sobre un papel que solo era blanco el primer día de colocado.

En aquella época un cartel casi se me convirtió en una de esas obsesiones infantiles que los adultos llaman “capricho”. Estaba en lo alto de una casa pintada con una extraña combinación de colores, amarillo y azul, y que podía ver cada día en la tele. Entre las dos ventanas superiores podía distinguir una estrella y una pequeña tarja de mármol con alguna inscripción, pero no podía leer en aquel televisor ruso qué era lo que decían.

Recuerdo, como si hubiera sido hoy, aquella mañana en que, mi abuela y yo, llegamos al sitio. Luego de mucha insistencia nos salimos de los recorridos habituales y nos llegamos hasta allá. Era todo un lugar nuevo para mí, a unos pocos pasos del impresionante edificio de la Estación Central de Ferrocarriles se podía distinguir los chirriantes colores de la casa en medio de un vecindario dominado por el gris de las fachadas despintadas y el blanco – ya no tan blanco – de las famosas sábanas que colgaban en los balcones.

Fue todo un suceso poder leer, por fin, lo que decía aquella tarja: José Martí nació en esta casa el 28 de enero de 1853. Homenaje de la emigración de Cayo Hueso. Palabras nuevas y yo en medio de esa edad que desespera tanto a los adultos, esa en la que los niños suelen preguntar “¿Por qué?” con cada cosa que descubren.

No entendía que quería decir eso de “emigración”, mucho menos sabía dónde estaba Cayo Hueso. Fue la primera vez que me explicaron el significado de aquellas palabras. Mi abuela me contó que los que emigran son personas de un sitio que se van a vivir a otro y que Cayo Hueso quedaba bien cerquita, justo en la punta de Estados Unidos que casi toca a la isla.

Demoré mucho en poder entender como desde un país que todos decían que era nuestro enemigo, podían haberle hecho un homenaje a José Martí, nuestro Héroe Nacional. Luego supe la historia, la que existió más allá de aquello de vivir en el monstruo y de conocer sus entrañas, esa que hizo que desde este extremo de la nación se apoyara la guerra por la independencia de Cuba.

Pasaron muchos años antes de que regresara a la casa del Apóstol. Ya era adulto y nuevamente me tropecé en la fachada con la estrella y la tarja que tanta obsesión me habían causado cuando niño. La palabra “emigración” había cambiado un poco del significado simple que me dio mi abuela y Cayo Hueso parecía un lugar tan distante como Tombuctú.

Entonces ya tenía elementos para poder ir más allá de lo que mi abuela me había contado. Ya había escuchado muchas veces a mi madre llorar en medio de una llamada telefónica, había visto como mi hermano mayor disimulaba sus ojos aguados cuando nos despedíamos en aeropuerto cada vez que nos visitaba y hasta pude ver como mi hermano más pequeño le daba el que, suponía con toda certeza, sería el último beso que pondría en la mejilla de nuestra abuela.

Las fotos de mi familia le dieron algún rostro a lo que era Cayo Hueso. Posando con sonrisas para el flash de la cámara me mostraban aquella boya que pregona – en inglés y con escandalosos colores – que sólo se está a 90 millas de Cuba.

Esa boya, que está sólidamente incrustada en tierra a diferencia de las otras que flotan en el agua. Esa que ha servido en los últimos 50 años para que tantos y tantos cubanos lleguen hasta allá intentando sentir el aire de la isla, tratando de escuchar, más allá del sonido de las olas, la voz de los quedaron atrás o, simplemente, la melodía de aquella canción que nunca más han vuelto a escuchar.

José Martí, la emigración y Cayo Hueso han vuelto a cambiar de significado para mi. Ahora estoy de este lado, también acogido y apoyado por los que viven en esta orilla, he practicado bastante esa sonrisa para el flash de las cámaras y José Martí dejó de ser el hombre que escribió una frase para cada momento, esa especie de Paolo Coelho, colonial y antillano, en el que lo han convertido en la isla.

Aun no conozco Cayo Hueso y no he ido a la famosa boya, pero tengo la certeza de que no encontraré allá el aire de Cuba, tampoco podré escuchar a ninguno de los que dejé atrás cuando me vine a vivir a este país. Los olores, las voces y las melodías me las traje bien guardadas y, a cada rato, salen en una conversación o en alguno de estos post que, como una eterna terapia, comparto con ustedes cada día.