Una cita

Hace un año exactamente estaba levantándome bien temprano en la madrugada para acudir a una cita que cambiaría mi vida. Poco antes de las cinco de la madrugada ya estaba sentado en el asiento trasero de una guagua que me llevaría hasta 23 y L, en El Vedado, a pocas cuadras de donde sucedería tal evento.

Creo que nunca antes (ni nunca después) me he preparado tanto, fueron semanas intentando elegir la ropa adecuada, consultándole a amigos sobre lo que debía hablar o no y hasta eligiendo qué perfume usar.

Esa madrugada hacía bastante frío, el invierno del pasado año fue de los más crudos que recuerdo en mi vida. Viví cada minuto del viaje en cámara lenta, grabándome profundamente cada detalle, la temperatura, la música que escuchaba en la guagua, la ropa de los pocos que, a esa hora, se dirigían a su trabajo.

Los recuerdos los tenía guardados bajo siete llaves y no ha sido hasta ahora, que les escribo estas líneas, que los he vuelto a destapar. Caminé las cuadras que me acercaban a la cita con una mezcla de excitación y miedo. Por una parte era algo que esperaba por largo tiempo pero también había mucho en juego.

Las oscuras calles del céntrico barrio de El Vedado por momentos parecían tenebrosas, los altos árboles que custodian (y laceran) sus aceras era sombras fantasmagóricas que me salían al paso mientras yo obligaba a mis pies a caminar lo más rápido posible.

Finalmente llegué al parque. Decenas de personas esperaban, como yo, por una cita semejante. Todos con planes sobre su futuro, con optimismo o tristeza, con incertidumbre por los resultados o con la ingenua certeza de una respuesta segura.

Todos buscábamos una respuesta positiva de manera distinta, unos vestían con colores que les traían buena suerte, otros usaban sus amuletos preferidos y algunos, discretamente, llevaban los zapatos con signos dibujados con la famosa “cascarilla”.

En medio de todo eso yo solo tenía como talismán mi teléfono celular con algo de crédito para escuchar a mi madre poco antes de entrar a la entrevista en la Oficina de Intereses para solicitar mi visa y poder reencontrarme con mi familia. Ese era mi principal amuleto.

El resultado ya todos ustedes lo saben, oficialmente me fui de Cuba hace poco más de 8 meses, pero ese viaje comenzó un día como hoy hace exactamente un año mientras un sonriente funcionario de la Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana, me decía que podía recoger mi visa un par de semanas después.

Ese mismo funcionario ha debido cambiarle la vida a centenares de cubanos, cumpliendo los sueños de unos y cerrando los de otros. A mí y a mi familia nos dio la oportunidad de volver a vivir juntos, de poder trazarnos planes y de comenzar una nueva vida. No sé su nombre, apenas recuerdo su sonrisa y su acento de comedias vespertinas cuando hablaba en español. A él, un año después, muchas gracias.