Cajas

Cajas

Por estos días estamos preparándonos para mudarnos. Eso hace que estemos en una especie de limbo, de estar sin estar, andamos en medio de esa etapa en la que no encontramos nada y que nada está en su sitio. Ir a buscar algo, para luego darnos cuenta de que está empaquetado, es rutina diaria.

Nada ha escapado a ese poder que tienen en estos días las cajas, esas que, a manera de monstruos mitológicos, se han adueñado de casi todas nuestras pertenencias y permanecerán con ellas hasta que regresemos espada en mano, como príncipe de cuentos de hadas, a cortar sus vientres  para volver a encontrarlas.

Bajo etiquetas de “FRÁGIL” se esconden algunos de los pocos recuerdos que nos hemos podido traer de Cuba. Ahí está, en tonos verde esperanza y decorado con unos marpacíficos blancos y dorados, ese búcaro que le regalara, su padrino a mi madre en una importante fecha, o esa simpática hilera de siete elefantes que parecen de marfil, pero no lo son, y que ella considera que da buena suerte.

Otras cajas guardan recuerdos mucho menos valiosos económicamente pero con un precio sentimental incalculable. Las cartas que nos escribimos durante todos estos años de separación, las fotos que nos echan en cara que nos hemos puesto más viejos y esos documentos que parece que han dejado de cumplir su función para pasar a ser solo recuerdos.

El pasaporte que se hizo mi abuela para una visita que nunca hizo a Estados Unidos, los certificados de propiedad de algunos muebles que ya no existen más en la que fuera nuestra casa en Cuba y hasta varios diplomas de nuestro paso por las escuelas, avales que nunca más nos hará falta presentar.

Las cajas, simples, de cartón, algunas con chapuceros carteles escritos con la prisa de quien quiere terminar rápido de recoger, son por estos días las dueñas de casi toda la vida que hemos vivido en nuestra familia.

Quizá ellas, como todos los monstruos que se respeten, tienen su propia historia que contar. Quizás saben, humildemente, que su tiempo de ser importantes para nosotros será breve, que en pocas semanas se verán totalmente desechas y por eso disfrutan ahora el privarnos de nuestras pertenencias.

Cuando las que hoy nos despojan de nuestros recuerdos sean poco más que un montón de basura echada en el sitio del reciclaje, nosotros volveremos a reencontrarnos con nuestro pasado, con las imágenes de los que fuimos y de donde vinimos, entonces las cajas sonreirán pues nos habrán convencido de que su papel de monstruo no era para despojarnos de nuestros recuerdos, sino para protegerlos.