Mi nombre

Me ha pasado bastante a menudo pero nunca tan seguido. En la última semana muchas personas me han preguntado por mi nombre. En Facebook, en Twitter, en mi trabajo…

Pareciera que de pronto todos quisieran sacarme esa mitad que a veces guardo solo para las personas más cercanas. Es muy simpático porque algunas de las personas que me lo han preguntado conocen tanto de mí que un nombre no haría la diferencia, pero aun sienten, quizá con razón, que les escondo una parte importante de quién realmente soy.

Cuando niño hubiera preferido llamarme como cualquiera de mis amigos de la escuela. Eso de tener que repetir dos veces (y hasta tres!) la manera en que mis padres me bautizaron podía ser un poco incómodo para el niño tímido que era yo.

Recuerdo que siempre había una especie de duda sobre dónde debía llevar el acento, si en la primera sílaba o la segunda. Eso me permitió luego identificar a los que me conocían de la escuela primaria pues le ponían esa tilde imaginaria en la primera, gracias a que mi timidez ni siquiera me permitía rectificarles.

Luego mi nombre, extraño como el que más, me ayudaba a iniciar una conversación con alguien que me interesaba. Me garantizaba al menos cinco minutos, un par de ellos en deletrearlo y los otros tres en hacer la historia de cómo mis padres lo escogieron, una mezcla de telenovela mexicana con zarzuela criolla.

Ahora, en los Estados Unidos, ha adquirido un extraño acento hacia el inglés, una especie de balbuceo hacia el final que hasta a veces, inconscientemente, yo repito cuando me lo preguntan.

He descubierto, gracias al internet, que en Estados Unidos hay un lago que lleva mi nombre y también alguna ciudad europea y una importante marca de porcelana… hasta algún personaje muy secundario del libro El Señor de los Anillos es mi tocayo!

De cualquier manera a estas alturas estoy feliz con él, con el acento en la primera sílaba, en la última o con ese tonillo anglosajón que se le ha pegado en estos días. Me da mucha curiosidad cuánto puede cambiarnos un nombre.

¿Seré mejor o peor persona si me llamo Juan o Pedro? ¿Acaso hace alguna diferencia que las cinco letras que componen mi nombre se organicen de manera distinta? Díganme ustedes.