Control

Control

A veces, creo que a todos nos pasa, soy un poco obsesivo con el control. Quisiera tener cada paso calculado, cada gesto, cada palabra. Aunque pueda parecer algún síntoma de una personalidad siquiátrica, me ha ayudado bastante en la vida.

Es bueno tener el control cuando quieres trazarte metas y saber a dónde quieres llegar, también es muy útil para saber cómo desechar cualquier cosa que se interponga entre tú y tus propósitos. Mientras llevas las riendas te sientes poderoso, invencible y se agiganta ese superhéroe que todos llevamos dentro y que solo viste unas mallas muy ajustadas de colores incombinables.

Pero amigos, al final del día, tener siempre el control puede ser extenuante. A veces solo quieres sentarte en el asiento de al lado y cederle el timón a alguien, que haga los planes por ti y que decida sorprenderte a cada paso.

Por momentos dejarse llevar en confianza por lo que alguien decida es una sensación increíblemente placentera, yo diría que casi anestésica. ¡Todos caemos tan fácilmente en esa trampa! La sensación de que nos sorprendan un día o que nos cambien de planes va tomando matices hipnóticos

¿Pero se han puesto a pensar qué pasa si cedemos el timón a la persona equivocada? ¿Qué tal si las riendas, en otras manos, nos llevan a un camino totalmente distinto al que teníamos planeado para nosotros?

A veces no podemos evitarlo, cuando el mundo deja de girar y te das cuenta de que el pequeño superhéroe dentro de ti no va a ayudarte a retomar el control, da igual que intentes vestirlo rápidamente con las ridículas mallas. Caerás, y eso da mucho miedo. Aunque hay una ventaja en la caída libre, quizá la única: que tus amigos pueden agarrarte.