Espejos

Espejos

Aún no hemos ubicado todo en su sitio en la nueva casa. Quedan algunas cosas en cajas, otras en las esquinas del cuarto que se convertirá en oficina en unas pocas semanas y otras tantas todavía envueltas. Algo de lo que más trabajo nos ha dado ubicar ha sido un conjunto de espejos que no acaban de encontrar su sitio, los vamos pasando de pared a pared sin que nos podamos decidir por una ubicación definitiva.

Recuerdo que cuando era pequeño no me gustaba verme en esa especie de retrato de cristal que me devolvía a un niño del que no conocía mucho. Luego crecí y me fui dando cuenta de que ellos pueden echarnos en cara los defectos pero también nos regalan nuestras virtudes.

Ahora tengo una relación bastante llevadera con ellos, al menos con los que son recubiertos por cristal y usualmente se cuelgan en la pared, pero esos no son los únicos espejos que nos acompañan en la vida.

Muchas veces a nuestro alrededor tenemos personas que nos reflejan cómo somos, como fuimos y como seremos. Ellos se convierten en una especie de bola mágica de cristal en donde nos comenzamos a descubrir como lo hacen los otros con nosotros.

Esos espejos vivientes siempre me crean incertidumbre. Verse uno mismo en otro, escucharse en otra voz y descubrirse en otras palabras puede ser el más difícil de los ejercicios de autoconocimiento. Frente a nosotros comienzan a saltar nuestra ingenuidad, nuestros miedos, nuestras armas más secretas…

Por estos días me he tropezado con uno de esos espejos, alguien que me recuerda mucho a la persona que yo era hace un año, cuando apenas comenzaba a desentrañar esta ciudad, alguien al que, como a los espejos que nos trajimos de la otra casa, no encuentro donde ubicar todavía.

Quizá en unos días ya sepa donde quedarán mejor. El tiempo es el mejor decorador de nuestra vida, mientras pasa va encontrando, o creando, el mejor lugar a cada una de esas cosas que, de inicio, parecieran no tener sitio propio. Estos espejos no serán la excepción.