Bin Laden, él y yo

Bin Laden, él y yo

Mientras el mundo andaba corriendo detrás de la certeza de una muerte anunciada en los últimos minutos del fin de semana, yo andaba tejiendo palabras para dejar mensajes secretos desde mi blog a la manera del “Código Da Vinci”.

A estas alturas me importa bien poco si Bin Laden está vivo o muerto. Nada va a hacer que las personas que sobrevivieron a sus víctimas recuperen el beso en la mañana ni las sonrisas de los fines de semanas compartidos en familia.

Poca diferencia hará para nuestra tranquilidad que ese ser de aspecto desaliñado y de sonrisa cínica haya terminado sus días en esta tierra o que aun ande, disfrazado de princesa de “Las Mil y Una Noches”, por cualquier rincón del planeta.

Seguiremos viviendo bajo el miedo, seguiremos bajo esa sensación de constante peligro que inundó a este país luego de que un par de aviones se estrellaran contra esos edificios de New York que, apenas minutos después, quedaron reducidos a poco más que polvo y escombros como en las películas que transmitían en Cuba los sábados.

Cuando el Internet se inunda con los detalles de la masacre que, supuestamente, mató al terrorista más buscado del mundo, yo apenas ando buscando canciones melosas en YouTube y retratando puestas de sol con la cámara de mi celular.

Nada, ni la que casi es la noticia del siglo, va a hacer que salga de este encantamiento en el que me encuentro atrapado. Que otros busquen, averigüen, lloren o celebren las muertes, que se encarguen de las leyes, de registrarnos en los aeropuertos, de ponerle colores a los niveles de seguridad.

Ni las terribles imágenes de cadáveres o de casas ensangrentadas que circulan por la red harán que se borre de mi mente mi rostro reflejado en esos ojos. Ni los continuos letreros que indican “Breaking News” o “Última Hora” en los canales de noticias van a hacer que aparte la vista de sus mensajes de texto.

Ni la más estridente música de terror con que se acompañan las noticias por estas horas hará que deje de escuchar su voz, esa que quise adivinar por mucho tiempo en otras tantas y que hoy se me devuelve única, familiar y eterna.