Y amaneció

Y amaneció. El sábado, antes de este domingo de las madres, mientras todos se apuraban a comprar los últimos regalos y agotaban todas las flores en venta, amaneció mi día. No tuve los grises anunciados en el noticiero. Fue un sábado de sol radiante.

Los colores que me prometí lo llenaron todo. Hubo azules profundos como el mar, verdes para colorear alguna esperanza, amarillos y naranjas que me llenaron de energía. Hubo blancos, como las rosas de algún sueño hecho realidad y algo de negro también, porque la vida sin ese color se vería como las páginas descoloridas de un viejo libro.

No todos los colores aparecieron de pronto ni por mi propia voluntad. Hubo algunos provocados desde afuera. La música de Pablo Milanés, olores de vainilla y canela y unos ojos que se posaban en los míos mientras unos pocos acordes de piano se repetían interminablemente.

El sol del amanecer duró hasta bien entrada la madrugada de este domingo. Cuanto más oscuro se veía afuera, más luz hubo dentro. Puede parecer idílico el paisaje que les narro, puede sonar a telenovelas o a cuentos de hadas, pero les aseguro que no he puesto nada de más y solo he omitido los detalles que guardaré, celosamente para mí, por razones obvias.

Me regalé (y me regaló) la noche que quería, la que me había prometido tener, la que había planificado, sin fechas y sin cuerpos, mucho tiempo atrás.

Amaneció de nuevo y el amanecer que me había regalado aún no se había ido, seguía dentro y se mezcló con el que la naturaleza le regaló a todas las madres en este día. De regreso a casa, imaginaba que todas las flores del camino eran mías, que todas las sonrisas que me tropezaban eran para mí.

Mientras todos celebramos a nuestras madres este domingo, que debería ser todos los días del año (por domingo y por dedicárselo a las principales responsables de que respiremos) apenas puedo distinguir entre el olor de la comida que comemos en familia y ese otro que tengo pegado, más a mi mente que a mi cuerpo desde anoche.

Estoy seguro de que vendrán otras noches y otros amaneceres. Podrán ser mejores o peores, más o menos intensos. Esperados y planificados o intempestivos y espontáneos. Me acompañará la música de Pablo o solo escucharé mi respiración y la de quien me acompaña. No hará diferencia. Nada podrá arrebatarle la magia a las últimas doce horas que he vivido.