Uva caleta

Uva Caleta

Al final todo se resume en entrar o ver como los demás entran. Parqueo mi auto discretamente y me quedo sentado dentro mientras escucho música cubana. Solo me quedo quieto y observo como abren la discreta puerta trasera que indica que el sitio está abierto veinticuatro horas. Una inmensa uva caleta disimula, sin mucho cuidado, mi presencia en ese lugar.

Me sorprende encontrármela, también aquí, tan lejos de la costa y justo a pocos metros de un sitio como ese. ¿Será pura coincidencia? ¿Qué hace sembrada casi encima del asfalto humeante de Miami?¿ Acaso su sombra hará, como tantas otras veces hizo en La Habana, que mis pies (y mi mirada) se peguen firmemente al suelo cuando descubro unos ojos insinuantes.?

¿Por qué no puedo entrar ahora? ¿Qué fuerza invisible me impide apagar mi auto y cerrar sus puertas detrás de mí? No es la primera vez que estoy bajo una uva caleta pensando cosas similares, curiosamente esa planta custodia algunos de esos lugares, complicados, difíciles e inevitables de la vida gay habanera.

No daré detalles, no pondré nombres ni direcciones, pero estoy seguro de que todos los cubanos  que me leen pueden encontrar al menos un par de esos sitios rodeados de uvas caletas en su memoria. Solo cierren sus ojos y recuerden, sientan en su rostro el intenso calor de la isla y vuelvan a verse entre las hojas falsamente redondas de la planta mientras su mirada se pierde más allá, o más acá, del verde que destellan.

Me sorprende el poder recordar esos sitios junto a los olores y ese calor mientras contemplo el arbusto a través del cristal de mi auto, cerrado herméticamente a cualquier ambiente que no sea el falsamente fabricado con el aire acondicionado y el ambientador con olor de frutas.

Al final todo se resume en entrar o ver como los demás entran. Yo me quedo afuera, hoy no es día para ese lugar. No castigaré a nadie castigándome a mí. Miro al arbusto y le doy gracias por el pegamento a mis pies y por hacerme voltear la mirada tantas otras veces. Enciendo el auto y, mientras me alejo, el retrovisor me devuelve la enorme sonrisa, verde y cómplice, de la uva caleta.