La vida, el balcón y el abrazo

La vida, el balcón y el abrazo

Me empeño en convencerlo de que la vida va más allá de su balcón, de que nos pasa de largo tan rápido como ve los autos pasar, tan intensa como los que se abrazan casi frente a sus narices, tan inevitable como los insectos que visitan ese balcón que lo acompaña día tras día.

No entiende. Solo quiere esa zona donde se siente confiado y protegido. Cree que solo encontrará la paz y la tranquilidad que necesita de esa manera. Se ha olvidado tanto de querer y ser querido que no puede reconocer ese sentimiento ni en él ni en otros.

Intento poner todos los colores del arcoíris frente a sus ojos pero anda enfrascado en ver la vida en blanco y negro y muda como aquellas primeras películas en las que se sobreactuaban las risas y las lágrimas. Trato de que descubra que vivir de esa manera es tan monótono como un partido de ajedrez narrado por radio pero no lo consigo.

A veces sopla un poco de brisa fresca sobre su rostro y entonces se le ilumina la sonrisa y vuelve a ser él que dice que fue hace mucho tiempo, aquel que guarda bajo siete llaves con la misma inutilidad con que mi abuela guardaba aquel pijama que tanto le gustaba para cuando estuviera ingresada. Nunca estuvo en ningún hospital y jamás se lo estrenó.

A veces puede ser frustrante intentar abrirle todas las ventanas y tratar de darle a probar un poco de lo que pasa más allá de su zona de seguridad, esa que se maquilla de vida y no pasa de ser una caricatura amarga de lo que nos merecemos vivir.

Otras veces, cuando sonríe, se despierta la ilusión de que pueda, en algún momento, zafarse de las sábanas y asomarse afuera. Reúno esos momentos, a veces de pocos segundos, y los uno con el mejor pegamento que encuentre, luego se los devuelvo uno tras otro y él se mira asombrado, como quien ve por primera vez a alguien a quien cree conocer de lejos pero que aún no se ha atrevido a saludar.

Lo mejor de todo es que, tarde o temprano, se va a dar ese abrazo con quién dejó de ser. Para ese momento yo estaré observando, como lo buenos vecinos, discreto y callado. Tendré la certeza, aunque nunca lo mencione, de que un pedacito mínimo de ese abrazo será también para mí.