Saliendo del closet

El recien llegado

Hoy he salido del closet electrónico en el que me había encerrado con este blog. El crear otro nombre para mí y solo poner la mitad de mi rostro en mis escritos me ha dado la comodidad del anonimato, pero hoy he decidido abrir la puerta y salir.

Preferí este día, el que hace algunos años atrás también escogiera la Organización Mundial de la Salud para dejar de considerarnos enfermos mentales y que luego muchas organizaciones a nivel mundial seleccionaran para luchar contra la el rechazo y la exclusión de los homosexuales.

Curiosamente siempre vemos la homofobia desde afuera, como algo que nos convierte en víctimas y nos olvidamos que, muchas veces, nos transformamos en victimarios utilizando ese mismo rechazo contra otros, pensando que eso nos hace mejores o, al menos, diferentes.

El eterno conflicto entre gays y lesbianas o las constantes burlas que nosotros mismos hacemos de los que consideramos “locas” nos hacen sentirnos especiales, cuando en realidad solo le estamos haciendo el juego a los que, desde afuera, nos ven a todos como portadores de las peores cualidades humanas.

Otra de las facetas de la homofobia que nos convierte en nuestro propio verdugo es esa que nos imponemos al no aceptarnos tal y como somos, esa que muchas veces nos obliga a ponerle nombres femeninos al chico con el que estamos saliendo para que la familia o los amigos no se den cuenta o que nos hace soltarle el más despampanante piropo a una muchacha cuando, en el fondo, hubiéramos querido gritárselo a su novio.

Es difícil, nadie les puede decir lo contrario pero, luego de que nos aceptamos como somos, nada nos puede dañar, ni la más cruel de las homofobias podrá ni siquiera arrancarnos una vuelta de ojos. La única manera de enseñarle al mundo que nos debe entender, aceptar y respetar es entendiéndonos, aceptándonos y respetándonos nosotros mismos.

Podrán venir todas las marchas por el orgullo gay que queramos, podemos conseguir que aprueben matrimonios y adopciones para nuestra comunidad pero mientras sintamos un ápice de vergüenza por ser homosexuales, la homofobia, esa que siempre vemos en el otro, saldrá ganando. Hoy, poniendo mi rostro, le gané una batalla.