Lunes en la barbería

La barbería es uno de esos lugares en los que necesariamente debo entrar, al menos dos veces al mes desde que decidí eliminar los rizos que ven en mi foto. La cantidad de cosas que uno debe escuchar en un lugar como ese hace que cualquiera, en su sano juicio, salga poco menos que atormentado de aquel sitio.

Hoy lunes no tengo opción, aprovecho ese tiempo para desconectarme del mundo alrededor, me da igual si hablan del trasero de la que les cruza al frente, del juego de anoche de los Miami Heats o de la familia en Cuba que los tiene hartos de tantas cosas que les piden. Esos minutos los empleo en pensar y tomarme un tiempo de intimidad conmigo mismo.

Hoy he tenido muchas cosas en las que pensar. Mientras el barbero me pregunta que corte me hace, voy recordando el encuentro que tuve este viernes en The Place. Fue realmente una noche mágica en la que pude compartir alguno de mis escritos y conversar con los amigos, más que nada.

El sonido de la máquina de pelar cerca de mi oído me hace regresar al mundo real mientras en la barbería se discute de cuál es el motor más potente entre uno de gasolina y otro de diesel. Cada uno defendía su propia idea a todo pulmón. Yo los miraba sin escucharlos, como quien ve una película hablada en un idioma ajeno y sin subtítulos.

Recordé que varias películas cubrieron mi fin de semana también. Tengo guardadas muchas imágenes conmigo de estos tres días en los que la semana vieja se convirtió en nueva. Por alguna razón tengo grabada en mi pupila una, particularmente bella y digna de premios en un concurso de fotografía:

Un perfil masculino, en un super primer plano, salpicado por los rayos del sol de la tarde convertidos en miles de mínimas líneas de colores. No se adivinan los rasgos del rostro, no se puede aventurar el color de los ojos ni siquiera el gesto de sus labios, apenas se dibuja la silueta. No estoy seguro de si realmente vi tal imagen o la imaginé, pero de cualquier manera la tengo grabada como una de las composiciones más lindas que conservaré en mi vida.

El aire a presión, que usa mi barbero para quitarme los pelos de encima, disuelve la silueta y los rayos del sol. Hace que regrese a la barbería mientras ellos discuten ahora sobre un concurso de belleza. Si chicos, que los hombres no necesitan ser gays para hablar de trajes de baños, de cabellos y de vestidos espectaculares.

Mi barbero me voltea hacia los espejos y me pone otro detrás para que evalúe su trabajo. Miro su sonrisa de “dime algo de cómo te dejé” y, de pronto, mi rostro se multiplica varias veces en todos los espejos, no sé a cuál de todos evaluar.

Uno me mira con ternura desde unos ojazos enormes, otro dibuja una sonrisa pícara y otro más de rostro severo me hace recordar que debo poner los pies en la tierra de vez en cuando. Creo que el corte de cabello quedó bien con todos esos rostros. Pago y dejo una mínima propina mientras salgo de esa sesión de sicoterapia a la que me someto cada dos semanas.

Salí más tranquilo luego de dejar reposar los recuerdos que tengo de los últimos días. Después de todo, los lunes no son tan malos. Los lunes son un comienzo, una vuelta de página que nos permite dejar atrás lo que nos hizo daño y comenzar de nuevo, en una hoja limpia y sin tachaduras.

Si es cierto que nuestro destino está escrito, los lunes pueden ser la goma de borrar que nos regala la vida para volver a empezar cada siete días. Pero, atención chicos, borremos con cuidado, fijémonos bien en lo que desechamos. A veces debemos copiar algo de lo que vivimos a la hoja nueva, es la única manera de que nuestra vida tenga la continuidad de las buenas novelas.