La verdad

Debí haber dicho algo pero me quedé callado, no con el ánimo de ocultar sino por no tener nada más que agregar a esa verdad que se erigía frente a mí como uno de esos rascacielos que inundan el ingenuo downtown de Miami.

A pesar de lo que muchos pensamos a veces, hay verdades que no tienen discusión, que son tan o más exactas que las matemáticas y que solo no descubrimos por esa especie de auto protección con que nos vendamos los ojos frente a ellas.

Muchas veces nos tropezamos con verdades que son tan obvias que ni siquiera es necesario mencionarlas, son tan ciertas como que amanecerá cada mañana o como que, en algún momento, unos antes que otros, todos dejaremos de respirar.

Más tarde o más temprano tendremos que verlas y aceptarlas, ya sea que nos gusten o no, que nos beneficien o nos perjudiquen. Cuanto antes llegue ese día será mejor. Podemos sentirnos cómodos vendándonos los ojos nosotros mismos, imaginando que la vida es como soñamos y tratando de ponerle los colores que amamos a cada cosa que tocan a tientas nuestras manos.

Al final del día la vida es mucho más de lo que podemos imaginar, los colores con que podamos pintarla nunca tendrán el brillo de lo inesperado y por más que intentemos pegar nuestros sueños a la realidad, ésta siempre nos sorprenderá.

La verdad puede no ser siempre la que queremos, puede incluso lastimarnos profundamente pero, por más grande que sea la herida que nos dé, siempre tendrá el analgésico correcto para ayudarnos a sanar. La verdad, a la corta o a la larga, siempre será mejor que la venda que nos ponemos en los ojos para no reconocerla.