Abuela

Sentarse a ver sus fotos era lo que más disfrutaba cuando la vida y su salud no la dejaron salir más a la calle. Apenas pronunciaba alguna palabra pero se descubría alegre, joven y feliz en esos pedazos de cartulina teñidos con todos los matices entre el blanco y el negro.

Me gustaría poder contarles más, dejarles saber que fue una mujer preciosa, alegre, cálida. Desearía poder escribirles sobre lo que significó para mí poder cuidarla cuando ella ya no podía hacerlo sola. Quisiera poder sacar alguna chispa de historia bonita y conmovedora, contarles sobre las enseñanzas que me ha dejado, pero no puedo.

Escribir sobre mi abuela, la que vivió conmigo y a la que la vida me permitió cuidar y proteger cuando ella misma no podía, es imposible. No sé si un día podré hacerlo y hablar de ella sin que cada recuerdo se vaya directo a los ojos y me borre la pantalla de la computadora a fuerza de lágrimas.

Este 3 de junio hubiera cumplido 93 años, pero no pudo llegar a los 90. La vida no le alcanzó para eso. Hoy me regresaría a Cuba, dejaría todo en este país, el trabajo, la familia, las absurdas comodidades con las que pretendo alegrarme los días, incluso los dejaría a ustedes y a este blog si tuviera la oportunidad de verla soplando la vela sobre el cake de cumpleaños.

Eso no sucederá. Su vida, y la mía junto a ella, están solo en los recuerdos, solo se encuentran en ellos. Hay días en que quisiera escucharla, recostar mi cabeza sobre sus muslos y sentir ese olor tan peculiar que tenía. Hay días en que abuela es Dios y eso borra el tiempo y las distancias entre nosotros. Entonces descubro que, como Dios, late dentro de mí, muy dentro, resguardada, interna y eterna en mí.