El regreso de Mr. A

Y no es que se haya ido a ninguna parte como prometió alguna vez. Es Mr. A y siempre está cerca. Unas veces más y otras menos. Esta tarde conversamos mientras manejaba  de regreso al trabajo en mi horario de almuerzo.

Mr. A, lo saben los que me leen desde el principio, es una de las personas a quien más quiero en este país. No es familia, ni amigo, ni pareja, es quizá la combinación de las mejores cosas de esas categorías. Alguien en quien puedo confiar casi con los ojos cerrados.

Tiene un carácter ácido, terriblemente ácido, y dice las cosas más duras de una manera cruda, burda, sin tapujos y sin el más mínimo adorno. De él he recibido los peores regaños y los mejores regalos.

Dice que no lee el blog porque a veces se me va lo de cursi, pero en el fondo sé que está al tanto de mis días a través de lo que escribo. Él, que me conoce casi tanto como yo mismo, es de los pocos que puede descubrir los mensajes que intento ocultar entre palabras y metáforas imprecisas para otros.

Contempla este primer año mío en Estados Unidos como quien ve una película que le resulta conocida pero de la que no recuerda el final. No lo veo hace bastante tiempo, pero adivino sus gestos, sus sonrisas y sus miradas al otro lado del teléfono mientras lo voy poniendo al tanto de lo que he vivido recientemente.

A manera de profeta me ha ido anunciando cada una de las etapas por las que pasaría. No posee ningún sexto sentido, ni obtiene sus “adivinaciones” del más allá. Ha recorrido un camino muy parecido al mío hace tantos años como para reconocerlo vencido y tan pocos como para recordar los detalles.

Odio tener que darle la razón a Mr. A aun cuando no se mofa de acertar en cada uno de sus vaticinios. Hoy no lo odié porque, a pesar de haberle adivinado el “te-lo-dije” en alguno de sus silencios, tuvo el suficiente aplomo como para callarlo y solo dejarme con una frase que me tuvo pensando toda la tarde y gran parte de la noche.

El deseo de llevarle la contraria, destruyéndole con un par de argumentos la frase que me soltó en la cara como verdad absoluta, hizo que me quedara analizándola. Tuve que reconocer una vez más que tienen toda la razón él y nuestra Dulce María Loynaz que es la dueña de la frase.

Mientras más argumentos busqué para rebatirla, más lapidaria se hizo, creció, se volvió mármol y concreto, indestructible. La sencilla lírica de esas palabras encierra una verdad inmensa.

Dulce María y Mr. A me dijeron “la Belleza solo sirve para ser admirada” y así cerré uno de los capítulos más bellos e inútiles que he vivido en Miami. Estoy listo. Frente a mí tengo la hoja en blanco del que comenzaré a escribir justo en este instante.