Cambios

Es difícil. Quién diga que no, está mintiendo. Seguir siendo lo que fuimos cuando llegamos a este país es casi imposible. No hay opciones ni términos medios. Hemos cambiado y cambiaremos cada día un poco más.

Nuestros amigos de allá empezarán a dejar de serlo porque, en algún punto, habremos empezado a ver la vida de manera distinta, de hecho, en algún punto habremos comenzado una nueva vida, lejos, sin ellos.

Cuando regresemos al pasado, en esa máquina del tiempo que son las fotografías, distinguiremos claramente la frontera entre una y otra vida y, como en los malos trabajos de Photoshop, notaremos los saltos en los retoques que no son más que puertas que abrimos, atravesamos y cerramos detrás nuestro.

Perderemos, de un tirón, las frases con las que nos definíamos, las cosas que nos hacían sonreír y hasta la música que escuchábamos. Comenzaremos a comunicarnos electrónicamente, como pequeñas máquinas de una mala película de ciencia ficción.

Atrás quedarán esas eternas charlas sentados en un muro o esperando en una cola, ese hablar más con las manos que con la voz. Diremos “te quiero” o “no quiero verte nunca más” a través de mensajes de texto (o de Facebook, que es peor!).

Poco a poco iremos arrancando las raíces con la inútil intención de plantarlas en otro sitio. Nunca lo lograremos. Los que vivimos fuera de Cuba vamos siendo menos cubanos que los que se quedaron allá.

Seguiremos amando la isla con un amor similar al que reservamos, secretamente, para aquella persona que aún nos es especial, pero Cuba dejará de tener el significado que antes tuvo para nosotros.

Quizá signifique más o menos, pero definitivamente Cuba cambiará para nosotros como nosotros lo hicimos para ella al atravesar la línea amarilla de la aduana.