¿Quiero ser papá?

En esta semana en la que todo gira en torno al día de los padres el próximo domingo no he sentido que me haya perdido de mucho. Según los comerciales, los mejores regalos para un padre pueden ser una caja de herramientas o alguna ropa que no me pondría ni aunque me la regalara el más amado de los hijos.

Aunque siempre bromeo con la idea, nunca he pensado en serio ser padre. Me encantan los niños, ver cómo crecen, enseñarles lo poco que sé, hacerles cuentos y jugar con ellos. Me fascina la admiración con la que ese par de ojitos llenos de ingenuidad miran a sus padres pero, muy en el fondo, creo que nunca seré papá.

Hoy he tenido un par de encuentros que, a pesar de lo torturador de los comerciales, me han hecho reconsiderar (al menos solo en mi mente) la idea de tener un bebé. En la tarde, mientras trabajaba, pude conocer a un padre de cien años y su hijo de más de setenta.

Aun con esas edades, en las que habitualmente cuentan más los achaques y las penas por lo que se ha perdido que la alegría y la emoción de amanecer cada día, mantenían un carácter envidiable. No solo bromeaban y hacían mil chistes sino que, uno a otro, se cuidaban mutuamente.

El padre, a pesar de su siglo de vida, no dejó de ser padre. Se notaba en él ese instinto de proteger, de cuidar. El hijo, por su parte, no dejó de ser hijo. Resguardaba a su padre y a la vez lo respetaba. Lo ayudaba a seguir pero no le cortaba la inmensa voluntad con que enfrentaba cada paso que se le dificultaba.

Sería bueno llegar a los cien años con un hijo que sea, a la misma vez, bastón y ala.

De regreso a casa, cansadísimo después de un día de trabajo como pocos, solo quería bañarme y sentarme en la PC a contarles sobre ese par de ángeles con los que me tropecé esta tarde pero, al llegar, algo le cambió el final a este post.

Desde la acera que me lleva hasta mi casa me llamó la atención unos golpes en la ventana de la sala. Pude ver una pequeña silueta  con unos alborotados pelos rizados haciéndome señas y tirándome besos.

Abrí la puerta de la casa y ya sabía lo que me esperaba. Aun así la sorpresa no fue menos emocionante. Mi sobrina pequeña bajaba las escaleras a toda velocidad con los brazos abiertos para tirárseme encima, como si hiciera años que no me viese.

Cierto es que probablemente no seré padre, pero tengo unos ojitos llenos de ingenuidad mirándome con admiración cada vez que me encuentro con ellas. Seguramente nadie me llamará “papá” pero les aseguro que ese “tío”, con que me saludan mis sobrinas cada vez que me ven, es suficiente como para sentirme el ser más amado sobre la faz de la tierra.