No habrá abrazos para mi padre este domingo…¿Y entonces?

Solo tengo un recuerdo de él en mi casa. Lo veo sentado en la puerta que daba al patio limpiando, obsesivamente, sus zapatos con betún. Era (es) obsesivo con su ropa, siempre planchado, almidonado y con su calzado lustroso. Fuera de eso no recuerdo nada más de mi padre viviendo en mi casa.

Se divorciaron desde que yo tenía tres años y mi madre siempre nos hizo creer que teníamos el mejor padre del mundo. Ellos tenían una relación tan cercana que, por mucho tiempo, me pregunté por qué se habían separado si aún se llevaban tan bien.

Nunca fue esa figura con la que nos amenazaban “se lo voy a decir a tu papá!” Era (es) un tipo tranquilo y, para muchos, uno más que creyó demasiado en la Revolución para luego vivir resignado sabiéndose engañado.

Mi relación con él no podría ponerla en alguna categoría. Hemos pasado por muchas etapas. Cuando niño sospecho que sentía cierto orgullo por mí, yo era muy bueno en la escuela y, para él, eso era algo importante.

En la adolescencia tuvimos una relación difícil, a esas alturas mi madre y mi hermano mayor habían salido de Cuba y él intentó jugar un papel de supervisor de mi vida para el que yo sentía que no tenía ningún derecho. Ya mi madre y mi hermano me habían enseñado a cuidarme solo.

Después de adulto, y con mi homosexualidad completamente asumida, la relación tuvo sus altas y bajas hasta que, hace más de tres años, justo después de sepultar a mi abuela, no nos vimos más. No hubo ni una llamada telefónica, ni una visita. Nada más sucedió entre nosotros.

Me fui de Cuba sin despedirme. Ni siquiera se enteró que estaba en los trámites para venir con los míos, no porque se lo escondiera, sino porque no hubo ni un minuto de comunicación para que le pudiera contar que, en pocos meses, me reencontraría con mi madre y mis hermanos.

Cierto es que él me dio los rasgos, la genética, la nariz, los labios. Probablemente, Dios quiera que no, me haya regalado también alguna que otra predisposición para la hipertensión arterial, pero regalar eso no es ser papá.

Serlo implica mucho más que donar el semen y supervisar a las criaturas un par de veces al mes. Ser papá implica compromiso y sacrificio, implica luchar cada día, educar sin decir “tienes que hacer esto” sino simplemente haciéndolo y dejando que uno lo vea y aprenda de lo que ve.

No habrá abrazos ni felicitaciones para mi padre este domingo como no los ha habido en los últimos tres años. En su lugar, todos irán para la persona que creó gran parte de lo bueno que puedo ser, quién me enseñó, sin proponérselo, desde cómo afeitarme cuando comenzaron a salirme los primeros vellos en el rostro hasta cómo manejar hace sólo unos pocos meses.

A quien no le ha importado los años que hace que dejé de ser niño para seguir hablando de mí y de mi hermano menor como “los muchachos”. Alguien con quien, como hacemos con los buenos padres, he intentado marcar diferencias y territorios, con quien he peleado y con quien he podido ensayar mi rebeldía de adolescente tardío.

A quien no le interesa si, cuando cierro la puerta, duermo con un hombre o con una mujer (o con los dos), quien me respeta y me quiere exactamente como soy porque, estoy seguro, se descubre en muchas de las cosas que le devuelvo.

Quien me llena de alegría cada vez que lo escucho decirme que está orgulloso de los pequeños pasos que voy dando y que, muy en el fondo, hago para y por él. Alguien que, hace algunos años, ya es papá de verdad y es uno excelente porque antes lo fue con nosotros, fuimos su ensayo y su primera obra.

Este domingo, y todos los días, mis abrazos, mis felicitaciones, mis alegrías y mis agradecimientos infinitos serán para mi hermano mayor, uno de los principales responsables de las cosas buenas de las que puedo presumir hoy.

De quien estoy inmensamente orgulloso y con el que la vida me ha premiado dejándome infinitas enseñanzas. Para el que quisiera tener todo el tiempo del mundo y poder devolverle el favor de no dejar que me sintiera solo nunca, ni allá, ni aquí.

Al que, desde hoy y para siempre, agradeceré con cada sonrisa que la vida ponga en mis labios. Gracias, mil gracias hermano.