Mi primera vez en el Express Way

Persígnate sin que nadie se dé cuenta. Aguanta la respiración y suena el disparo de la arrancada para tus adentros. El primer paso ya está dado. Tomaste la decisión impulsado por esas ganas primarias que han movido muchas de las mejores cosas en tu vida: Aprender.

Primera parada: Burguer King. No tienes hambre pero tampoco tienes deseos de que, los que serán tus compañeros de clase y tus profesores, te vean con el uniforme beige del trabajo. Entras al baño con la ropa en un perchero y sales, en menos de dos minutos, totalmente cambiado. Con la nueva ropa, y varias millas de distancia por recorrer, te sientes como Superman acabado de salir de una de las cabinas de teléfono en donde se ponía sus ridículas mayas azules y rojas.

No hace calor, el día apenas está nublado. Enciendes el GPS y te dejas guiar por la dulce voz femenina que te indicará el camino correcto. Lo piensas. ¡Qué bueno sería si el GPS también nos pudiera guiar en las decisiones que tomamos en la vida! No piensas más, vas saliendo de tu zona de seguridad, la rampa de entrada al express way ya se ve, se alza frente a ti como una de esas montañas rusas a las que amas y temes a la misma vez.

Te vuelves a persignar para tus adentros, igual que en la punta de la montaña rusa. Miras al lado a los que serán tus compañeros de viaje. Un muchacho baila con la cabeza algo que parece ser rock a tu izquierda, una señora se acomoda el collar y habla por su celular a tu derecha. ¡Menudos compañeros te han tocado para iniciarte en tu viaje!

Ya no hay vuelta atrás, literalmente. Entraste al express way y a lo único que debes prestar atención es a lo que tienes frente a ti y a lo que la dulce voz del GPS te dice que hagas. Luego de cinco minutos comienzas a disfrutar la ausencia de señales de “Stop” y de semáforos. La velocidad no es tan distinta de la que usas habitualmente, así que no hay sorpresas.

Tampoco te sientes tan perdido. Cuando los nervios y la tensión en cada uno de tus músculos te lo permite, elevas algo la vista y puedes ver los carteles que te indican cual calle o avenida tendrás en la próxima salida. Respiras aliviado pero no mucho. Por esos carteles descubres calles que te suenan familiares pero, de un momento a otro dejarán de parecerte conocidas. Ahí si te sentirás perdido.

“Manténgase a la izquierda y después manténgase a la izquierda” ¿¡Que rayos quiso decir la versión española de Susana Pérez desde tu GPS!? ¡Qué indicación más absurda! De cualquier manera los GPS son como la religión, todo es cuestión de fe si quieres llegar al destino final. Si confías en tu GPS debes hacer lo que te pide. Mantente a la izquierda.

¡Oh Dios! ¿Cuál izquierda? Para identificar un lado del otro siempre haces el gesto con la mano que escribes, eres diestro, el resto es fácil. ¡Cuidado! Haz el gesto en tu mente, ni se te ocurra mover una de las dos manos del timón. Ok, ya sabes dónde está la izquierda… ¡A cinco carriles de donde estás! ¿Cómo piensas llegar hasta allá con una cordillera de autos detrás de ti?

“A cero punto siete millas manténgase a la izquierda y después manténgase a la…” ¡Cállateeeee! Le gritas insultado a la Susana Pérez gallega… o española, lo mismo da. Pones el intermitente y, de nuevo te persignas, papa Dios ha tenido más noticias de ti en estos veinte minutos que en toda tu vida anterior. Buscas el mejor momento y te mueves a la izquierda.

Respiras, cumpliste con lo que se te indicaba. ¿Viste? Al final todo era cuestión de fe. Le hechas una mirada de “discúlpame mi amor” al GPS y sigues adelante. Ya has pasado mucho más allá de donde tú conoces pero no te sientes perdido, las calles numeradas son una bendición, después de la 48 siempre vendrá la 49, no es como en La Habana, que nunca sabes que lógica usar para adivinar que viene después de San Lázaro, Obispo o Infanta.

Oh, oh… no te gusta esa señal de tránsito. Si tu memoria no te falla, cuando estudiaste para el examen teórico de la licencia de conducción, indicaba que vendría una curva cerrada. Miras en el reloj del auto la velocidad a la que manejas. Sabes que es demasiado rápido para esa curva y la voz de tu hermano resuena con un eco celestial en el interior del auto (¿o de tu cabeza?) “en el express way nunca presiones el freno a menos que vayas a chocar con alguien”.

No tienes opción, presionas el freno y entras a la curva, será el último obstáculo. Según el GPS estás a solo cinco minutos del destino, si sales bien de esto habrás llegado sano y salvo. Curva cerrada que no termina y tu preguntándote hasta cuándo durará. Finalmente se estira la carretera frente a ti en una línea recta que termina… ¿Dónde termina? ¡¿Por qué solo puedes ver un pedazo de la autopista?!

¡Dios! Es un aguacero. No, no es un aguacero, es el mismísimo diluvio universal que papa Dios te ha mandado para que no lo fastidiaras más en todo lo que queda de viaje. No puedes ver nada a unos pocos metros frente a ti. Las luces rojas de los autos parecen manchas de sangre cuando las ves a través de la lluvia que tienes enfrente. No, no quieres pensar en manchas de sangre en este momento. Papa Dios te sacará de esto.

“A cero punto dos millas salga a la derecha y encuentre el destino a la derecha” ¡Dios! Bueno, no Dios, la Susana Pérez que se ha tragado tu GPS te ha sacado del diluvio. Sientes ganas de abrazarla y besarla pero te contienes, aun no sales del express way, muévete a la derecha y respira hondo. Ni se te ocurra persignarte. Papa Dios puede ser muy travieso si lo sigues molestando.

Llegas al destino marcado con una línea amarilla en el parqueo de la que quieres que sea tu futura escuela. Descubres que te duelen las manos, los brazos, las piernas, las encías. Todo te duele por la tensión de haber manejado por primera vez en el express way. Sonríes feliz, satisfecho de haber llegado sano y salvo. Hoy diste otro paso, de varias millas de distancia, entre el que fuiste y el que serás.

Seguirás usando la autopista y casi nunca te acordarás de esta primera vez. No recuerdas la primera vez que besaste a alguien cada vez que besas, pero a veces, cuando nadie te ve y te quedas solo y callado en un sitio, regresa ese beso. Tal vez un día, así mismo, el susto de esta primera vez regresará. Tal vez sonrías, avergonzado, como cuando vuelves a sentir en los tuyos aquellos primeros labios que rozaste.