Fantasmas

Fantasma

A pesar de los mitos que han creado el cine con sus películas de horror, no existen las casas embrujadas. Los fantasmas no se adueñan de sitios ni de lugares. Da igual si construyes tu hogar encima de un antiguo cementerio indio o si visitas un milenario castillo en cuyas mazmorras fueron torturadas y asesinadas decenas de personas. Los fantasmas no habitan en ningún sitio particular, están dentro de nosotros.

Somos los embrujados, los que invitamos, recibimos y cortejamos a los fantasmas. Muchos vivimos con ellos rondándonos. Intentamos evitarlos inútilmente. No regresamos a aquel lugar que visitamos junto a otra persona, escondemos en lo último de las gavetas los CD que escuchamos juntos, nunca más vemos las películas que nos recuerden a quien nos abandonó y se convirtió en uno de esos espectros que no nos dejan seguir adelante.

Los más radicales cambian de casa, de trabajo, de amigos y hasta de estado. Intentan construir una nueva vida pensando que eso los ayudará a exorcizar a esos fantasmas. Al poco tiempo descubren la realidad, ellos se van con nosotros adonde nos movamos, nos persiguen incansablemente, se vuelven omnipresentes. Ya no necesitan el lugar compartido, ni la música, ni las películas.

Empiezan a saltarnos en los colores, el roce de las ropas, los olores. Nos observan burlonamente desde las miradas que nos tropezamos, se burlan sarcásticamente desde cada sonrisa que nos lanzan, nos arañan desde cada abrazo que nos dan.

Para ese entonces ya los fantasmas formarán parte de nuestra vida, se volverán tan íntimos como nuestra ropa interior, esa que todos nos adivinan pero pocos descubren. Nos habrán llevado a su ejército y, como hacen los vampiros con su mordida, nos habrán convertido en uno de ellos. Seremos un fantasma más, disfrazado de persona real.

Para evitarlos y mandarlos lejos no necesitamos cruces ni agua bendita. No hay conjuros ni ritos mágicos que los encierren en un sitio desde donde no nos puedan molestar. La única manera de salir de ellos es encarándolos, poniendo la vida entre ellos y nosotros.

Mirar bien al fondo de aquella mirada y pasar por encima de los ojos enrojecidos que intentan asustarnos, disfrutar de la sonrisa que nos regalan, más allá de la mueca horripilante que le intenta dibujar el fantasma, no dejarse intimidar por los tímidos arañazos que le pongan a los abrazos de los que nos quieren bien.

En algún momento de la vida ellos llegarán a nosotros. Ninguno estamos a salvo de sentir su aliento helado en nuestra nuca pero ellos no son reales, son solo el reflejo del miedo con que vivimos. Vivir en el temor nunca fue bueno para nadie. De hecho, vivir con miedo no es vivir.

Espantemos a cada uno de esos espectros que intente poseernos. Al final del día, la vida le pertenece a quien no teme a los fantasmas que pueden aparecer. La vida es para los valientes. Los cobardes se convierten en fantasmas y van a molestar a otros, mas cobardes que ellos. Ni tú ni yo queremos estar en ese bando.